Mostrando entradas con la etiqueta Cheo García. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cheo García. Mostrar todas las entradas

martes, 19 de abril de 2016

A trabajar, vagos del caraj…

Por Miguel Yilales
@yilales
Desde muy pequeño aprendí a bailar con los acordes que interpretaba, arreglaba y componía un dominicano que nunca renegó de sus orígenes pero que se sentía más venezolano que cualquiera de los que hoy reniegan de su lugar de nacimiento. El maestro Billo Frometa hizo bailar (y aun lo hace después de su muerte) a todo un país. Tanto en Venezuela como en Canarias, Barranquilla, Santa Marta y, hasta en Cucutá, hablar de Billo es hablar de fiesta.
Nicolás Maduro como venezolano que dice ser, aunque la duda siempre asalte por su recurrente negativa a mostrar su partida de nacimiento y a la diversidad de lugares donde dicen que nació, debió haber bailado y escuchado, en esas tardes y noches que se fugaba de clases (dicho por él) para divagar sobre el mundo real al lado de una rocola, muchas guarachas, pasodobles, merengues y hasta boleros de la orquesta de Billo.
De seguro más de una de esas canciones le hizo una impronta, que definió lo que sería su devenir futuro. De ahí puede venir parte de su afición para tocar instrumentos de percusión, aunque diga que lo aprendió en Cuba, cuando lo enviaron a adoctrinarlo y escuchaba salsa o tal vez le agarró el gusto por coger un autobús y hasta conducirlo por aquello de conocer las maravillas que describían, lo que sí es innegable es que la animadversión al trabajo le vino de escuchar a Cheo García interpretando “La flor del trabajo”.
Vagos por convicción
Una especie de reposero, vago, sin vergüenza que siempre decía que comenzaría a trabajar después de la próxima vacación: ni el inicio de año, ni el 6 de enero, ni carnavales, ni Semana Santa, ni agosto, ni la Feria de La Chinita, ni diciembre eran propicios para ponerse a trabajar. Siempre estaba cansado, maltrecho, abatido y pensaba en cómo iniciar aunque se le fuese todo el año sin hacer nada.
Desde que Maduro asumió la presidencia, han transcurrido 3 largos años y parece que su libro de cabecera ni siquiera es El Capital de Marx (que debe haber ojeado alguna vez en su vida) o alguno de los panfletos que le dieron en la isla, y no de Margarita que también tiene su canción, sino esa letra de la Billo que lo debe haber acongojado hasta que la convirtió en política pública.
Un país en crisis, necesita mucho trabajo pero en la lógica madurista es todo lo contrario. Por eso decreta que de la jornada de 40 horas semanales solo se laboren 20 por el pago completo; sí hay un feriado que no se disfrutó que se lo tomen al día siguiente y sí el día libre cae martes o jueves se agarren puentes más largos que el del Lago de Maracaibo. Por esa vía decretó no laborable la Semana Mayor y aun nadie ha explicado cómo se completarán los 180 días de clases o si por medida de gracia existirá una materia que se llame vagancia I, II y III; reposo intensivo o permisología avanzada que complementen la carga académica.
La vagancia obligatoria se ha vuelto política de Estado, se utiliza la holgazanería como instrumento ejecutivo y pareciera desear que el ocio fuese por tiempo indeterminado para concluir las labores del legado de Chávez de destruir al país.
Una guaracha
Desfalcaron el erario público y cuando la Asamblea Nacional investiga, como es su función contralora, el tribunal de la suprema injusticia deja sin efecto las horas laboradas; si la gente sufre por comida y medicinas no es porque el gobierno no ha cumplido sus funciones sino porque hay una conspiración que se los niegan; si a alguien se le ocurre solicitar la ayuda humanitaria por la crisis que vivimos lo dejan con los crespos hechos por que nadie le pidió que hiciese eso.
Son unos estafadores que no trabajan pero le hacen creer a unos incautos, si es que aún quedan y de quedar bien merecido lo tienen, que la culpa de sus desgracias son el imperio, la derecha internacional, los oligarcas y la oposición que se confabularon para destruir a un país que, sin estar en guerra real, se muere de sed, está en penumbras, desfallece por inanición, donde las medicinas son un lujo y la seguridad brilla por su ausencia.
Los venezolanos tenemos que impulsar el cambio político. Se hace necesario dedicarnos al trabajo productivo que nos permita recuperarnos de la marabunta roja que se dedicó a impulsar la pereza, la holgazanería, el reposo, la vagancia, el regalo, el robo y la estafa, y que “La flor del trabajo” vuelva a ser una simpática guaracha y no el himno nacional (único símbolo que no cambió Chávez) que pretende instaurar Nicolás.
Llueve… pero escampa

miércoles, 18 de febrero de 2015

Será Nicolás pero nunca Maquiavelo

Miguel Yilales
@yilales
Desde hace algunos años, este gobierno que regenta los designios del país, se ha dado a la tarea de obligar a los venezolanos a celebrar cuando ellos quieran y lo que ellos quieran.
Es que en medio de una crisis, con inflación y con el estancamiento económico más brutal de los últimos 60 años, a esta pléyade de estrategas, que creen que gobernar es ser artero, sagaz y marrullero, se les ocurre que para hacer productivo al país se debe incentivar, no el trabajo sino el derecho al descanso, el disfrute del tiempo libre, las vacaciones permanentes y la vagancia como reposeros.
Por eso han hecho un esfuerzo para que los connacionales comprendan la necesidad de derogar, por el amor a la patria y a las luchas sociales, esas costumbres capitalistas y burguesas como lo son estudiar, cultivarse, ilustrarse, trabajar y afanarse año tras años para ganarse el pan con el sudor de la frente y reemplazarla por una verdadera política socialista en que se anhele disfrutar fines de semana, carnavales, vacaciones, fechas patrias, feriados bancarios y religiosos, con puentes, viaductos y hasta elevados como describía la guaracha que cantaba Cheo García, La flor del trabajo, y que Nicolás (el paisano, no el italiano) ha puesto en práctica desde sus años mozos hasta nuestros días.

A juro y porque sí

En la estrategia nicolasiana, antes de cada fecha, surgirá un ser maligno que tratará de robarse la felicidad suprema que solo garantiza la revolución.
Sí es Navidad será el Grinch pelucón que está en la cárcel de Ramo Verde, sí del Carnaval se trata serán los 7 tenientes conjurados de Jericó que trompeta en mano, laptop y teléfonos inteligentes dejarán todas las evidencias para que los capturen por conspiradores; y de ser Semana Santa de seguro vendrá un Simón Pedro mirandino que procurará convertirla en una fiesta religiosa y no en lo que la revolución decreta: una bacanal de playa, sol y arena.
Ya llegadas las vacaciones de agosto el régimen se encargará de desempolvar un octogenario enemigo, una conspiración demodé, un golpe maluco (no como los de los conspiradores del árbol de las tres raíces) o cualquier cosa para anunciar que quieren robarle al pueblo sus vacaciones, su paz, su descanso y que la revolución estará presta para dar la pelea hasta la última gota de sangre (de los demás) y garantizar la pachanga y el guaguancó.
Por supuesto que la espada socialista, antiimperialista, chavista, madurista y diosdadista (ojalá no agreguen más “istas”) será empuñada para derrotar cualquier intento desestabilizador que trate de conculcar la suprema felicidad de los venezolanos, que ríen a mandíbula batiente porque no tendrán pañales, artículos de uso personal, jabón de lavar, leche o medicamentos, pero sí patria.
Es que en esta locura llamada Venezuela, sí a algún turista se le ocurre disfrutar las festividades carnestolendas, como ocurre en Rio de Janeiro, Tenerife, Venecia o Nueva Orleans, con lo primero que se encontrará es que en las nuestras se restringe la venta de licor para hacerla más segura y, por los resultados, pareciera que expendedores, consumidores y autoridades siempre se declaran en desobediencia legítima.

Vagos y felices

Fíjense que para lograrlo en las comparsas organizadas por ese dechado de la administración que es el reyezuelo capitalino Jorgito I, se reemplazan las golosinas por caramelitos de plomo, con su ración de perdigones y bombas lacrimógenas para que la gente llore, no precisamente de la risa.
Por supuesto mientras los venezolanos tuvieron que improvisar disfraces con material reciclable, por aquello de la conservación planetaria y los motores fundidos de la revolución, el cuerpo diplomático, como hizo nuestra garota-embajadora en Trinidad y Tobago, tiene la oportunidad de demostrar que a pesar de la “austeridad” se pueden gastar 1.600 dólares (272 mil bolívares marginales) para representar al socialismo del siglo XXI.
Pero no se preocupe para que usted disfrute sus días de “vaganciones” tendrá: autobús gratis, comida no tan gratis (¿quién necesita mover la mandíbula si tenemos patria?) y alguna libertad para movilizarse por el territorio nacional como lo ordena Cheverito.
En 1513 un florentino escribió un tratado de teoría política tras ser acusado de conspirar contra los Medici, 501 años después hay conspiradores que piensan que gobernar es cuestión de príncipes y herederos, y el de aquí será Nicolás pero nunca Maquiavelo.

Llueve… pero escampa