Miguel Yilales
@yilales
En la historia moderna hay acciones que son
desdeñables y que sus ejecutores merecen ser tratados con menosprecio. Unos por
actuar a la laissez faire, laissez passer
de la ignominia y otros por operar de manera inescrupulosa.
Hacia 1940, durante la Segunda Guerra
Mundial, hubo dos términos que se usaron indistintamente para designar a los
que se decidieron a auxiliar, cooperar con el enemigo o apostaron por plegarse
al nazismo para evitar males mayores: los colaboracionistas de la República de
Vichy y los quisling (derivado del
apellido del primer ministro noruego Vidkun Quisling).
El colaboracionismo es una forma de traición
que ocurre luego de una invasión, no importa si es como la ejecutada por el
gobierno francés con el ejército Nazi o la del gobierno nacional que permite
que a su sombra los invasores sean médicos, entrenadores deportivos, notarios
públicos y militares.
Desde el año 1998 hasta nuestros días han
pasado tantas cosas que uno siente que se refieren a todo un drama con
traiciones, colaboraciones y luchas por el poder, en la que la protagonista ha
sido la protesta.
“Que
le corten la cabeza”
Así tuvimos que en el principio fue la
Asamblea de Educación quien protestó contra el decreto 1011, luego vino la lucha
de la Gente del Petróleo por la meritocracia, para pasar al 11 de abril y el
golpe de Carmona, lo cual devino en el pronunciamiento de los militares de
Altamira y concluyó con el paro general, que de general tenía lo que Quasimodo
de Adonis. Cada uno tuvo su líder: los padres y representantes; Carlos Ortega y
Pedro Carmona; Horacio Medina y Juan Fernández; Enrique Medina Gómez, Néstor
González y Héctor Ramírez Pérez; Carlos Ortega y Carlos Fernández.
La principal observación de los políticos
de antes, que como el gobierno son los mismos de ahora, era que el fracaso se
debía a que esas protestas habían sido lideradas por unos segundones en
política, por unos amateurs y que el trabajo debía ser realizado por los
profesionales es decir por los big
leagers en el ejercicio del poder.
Estas luminarias de la política clamaron,
como la Reina de corazones rojos en la obra de Lewis Carol, por la cabeza de
los responsables del fracaso.
Es así como desde 2004 y ante la
decapitación masiva, estos conocedores de Aristóteles, Platón, Cicerón, Maquiavelo,
Hobbes, Rousseau, Rawls, McIntyre, Walzer y de todos los que han escrito sobre
filosofía y teoría política, asumieron las riendas de la corriente opositora al
gobierno y como consecuencia, era de esperarse, se acabaron los fracasos en la
oposición en el mundo paralelo… pero el mundo real es distinto al de ficción.
Durante 10 años, han pasado dos ciclos
olímpicos en el juego político: 3 elecciones presidenciales (una sobrevenida),
3 elecciones de gobernadores, 3 elecciones de alcaldes, 3 elecciones de la
Asamblea Nacional y los mismos actores se mantienen en el poder opositor, sin
inmutarse o asumir responsabilidades.
A la
espera del tiempo de Dios
Si alguien emite una crítica es tildado de reptil
fósil; sí alguien los increpa por la única vía en que se les ve, las redes
sociales, lo bloquean; si alguien levanta la voz hacen que sus huestes los persigan
por jugar a la división, no seguir su liderazgo único, por pensar distinto y
por osar proponer salidas, así sean constitucionales, distintas a la de ellos.
Es decir una especie de sectarismo oficialista chavista, revolucionario,
socialista y obrerista pero opositor.
Los franceses no celebran la derrota de
Waterloo, los herederos del imperio Otomano no consideran una fiesta nacional
el 7 de octubre, fecha en que ocurrió la batalla naval de Lepanto, como tampoco
es fecha de grato recordatorio para Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del
Norte el 19 de octubre de 1791 cuando se rindió incondicionalmente ante los
Estados Unidos de América.
Solo esta caterva que les dio por destruir
el país son capaces de celebrar el 4 de febrero y pretender que es en sí misma
una épica a contar y un sector de la oposición que dice que se gana perdiendo,
con lo cual parecen asumir que no se debe cambiar nada.
Nadie renuncia, nadie hace un mea culpa,
nadie abre juego para que otros asuman el liderazgo, pareciera que estos quisling
maduristas bien por afinidad
ideológica, por simpatía con el enemigo, por coincidencia en los objetivos, por
coacción e incluso por miedo les dio por colaborar esperando que la perfección
del tiempo de Dios les favorezca.
Llueve… pero escampa