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miércoles, 13 de febrero de 2013

Él dice que...

Miguel Yilales 
@yilales 
El deseo de volar ha estado presente en la humanidad desde hace siglos. La historia se remonta al día en el que el hombre se paró a observar el vuelo de las aves y a envidiarlas. 
El ejemplo más conocido es la leyenda de Ícaro y Dédalo, que encontrándose prisioneros en la isla de Minos, se construyeron unas alas con plumas y cera para poder escapar. Ícaro se aproximó demasiado al Sol y la cera de las alas comenzó a derretirse, haciendo que se precipitara en el mar y muriera. 
Ese deseo de volar y los accidentes que en su intento se generan, también han sido fuente de inspiración de muchísimas películas. 
Hace unos días me llegó una historia sobre accidentes aéreos, sobrevivientes y abusos, la trama iba más o menos así: 
Unas niñas huérfanas viajan con la superiora del orfanato y tienen un accidente aéreo quedando a la buena de Dios en una isla desierta. Los tripulantes fallecen y solo se salvan las niñas y la superiora, que es puesta en la cabina del piloto a la espera de ayuda. 
La mayor de las niñas es la única que tiene acceso a sor María. Es ella quien transmitía las instrucciones y órdenes de la monja a sus compañeras de desventura, siempre con el introito “la hermana María dice que…”, por lo que las jóvenes obedecían diligentemente, sin chistar. 
En esa situación transcurren años y años. En ese tiempo van a ocurrir todo tipo de abusos por órdenes de la monja. Tantos abusos que se llega a odiar a la reverenda. 
Hasta que llega un grupo de rescate y la historia da un giro total, cuando los rescatistas entran a salvar a la monja y se encuentran con un esqueleto, con apenas vestigios de haber pertenecido a un ser viviente. 
La mayor de las sobrevivientes pasó años, dando instrucciones, firmando órdenes y decidiendo el destino de las demás, usando las supuestas erudiciones de una superiora ya fenecida, cuando en realidad solo obedecía a sus propios caprichos y antojos, para ejercer de manera abusiva el poder. 
Las abusadas nunca supieron la verdad. Dudaban pero tenían fe ciega, hasta que la realidad las alcanzó. 
Este cuento se parece mucho a un país en el que se dan instrucciones, se devalúa la moneda, se habla del incremento de la gasolina, se suben las unidades tributarias, es decir se incrementan lo impositivo, que siempre pecha al más pobre, pero se hace “para beneficiarlos”. Todo esto usando la frase “él dice que…”. 
La devaluación no es más que un ajuste necesario preceptuado por él. Los impuestos son para que pague el más rico, no importa que sufra el más pobre, por el amor que él les tiene. El aumento de la gasolina, ordenada por él, es para que los burgueses apátridas que usan “ese lujo llamado carro” financien la refinación de lo que la naturaleza nos dio. 
No importa que hayamos dilapidado más de lo que se invirtió en la reconstrucción de Europa luego de la Segunda Guerra o que comprásemos voluntades regalando petróleo, ni mucho menos que tengamos el índice inflacionario más alto del continente, lo importante es que “él lo manda a decir”. 
Aquí el guion está escrito. Aunque no somos náufragos en una isla, parecemos. Recibimos instrucciones de un ser, vivo o interfecto. Eso será así hasta que la verdad nos estalle en la cara y nos percatemos que hemos estado satisfaciendo antojos y caprichos de viles entelequias. 
Llueve… pero escampa

miércoles, 23 de enero de 2013

La Usurpadora bolivariana


Miguel Yilales
@yilales

Que alguien suplantara a otro y nadie se percatara era el sueño dorado, de todo el que haya crecido con la televisión de los 70. Era la ficción contada magistralmente por Inés Rodena y que llevase a la pantalla Juan Lamata. Que sí era Alicia Estévez o Rosalba Bracho no era lo importante, lo fascinante es que ambas aparecerían para cambiar la vida de su entorno.
Recuerdo que era imposible, que mis hermanas y yo, con escasos años, viéramos televisión después de ciertas horas y menos ciertos contenidos programáticos, pero siempre nos las arreglábamos para que con un ojo abierto y el otro cerrado o escondidos entre las sábanas, pudiéramos ver lo que era prohibido: Sombras Tenebrosas, con Barnabas Colins incluido o La Usurpadora.
Que posibilidades había que dos gemelas, separadas al nacer, no se conocieran; que la buena reemplazara a la mala, para que esta se fuese de farra y se entregase a la pasión; que la mala se enfermase y al regresar inculpara a la buena; que la buena fuese presa y la mala se quedara con todo, pero en silla de ruedas, maltrecha y a la espera del desenlace, que la sacase del juego, para que triunfara el bien.
Pero a pesar de lo ficticio de la historia, todos nos preguntábamos, donde estaba nuestro gemelo, que nos sacara la pata del barro, que asumiera nuestras culpas, que fuese quien cargase con los errores.
Cuando ya han trascurrido más de 4 décadas, esa ficción se convirtió en realidad. Casi el mismo tiempo de lo que maltrechamente llaman la democracia puntofijista, implosionada por la irrupción de ese vendaval tropical, que destrozó todo lo que encontró a su paso, para conformar una plutocracia que se incoo en el poder en Venezuela desde 1998.
Estamos ante una nueva puesta en escena de La Usurpadora, por cierto versionada en 5 ocasiones entre México y Venezuela. En este caso el muchacho de origen humilde, aunque hoy pueda ostentar riquezas no auditables, conductor de oficio, le ha correspondido suplantar a ese “hermano gemelo”, que por causas sobrevenidas ha decidido separarse de su entorno.
Emborrachado de poder, se confabula con su padre putativo, para disfrutar de las mieles de la fama y la fortuna de ser cabeza de una empresa heredada por el voto popular. El odia a su propia empresa, pero sigue ahí por las relaciones, el dinero y la buena posición que genera ser su presidente.
Entre viaje y viaje al paraíso caribeño, se encuentra frente a frente con su doble, que aunque veía a diario, no había comprobado que aquel humilde hombre era idéntico a él. Son tan exactos como dos gotas de agua: majaderos, con menos verborrea, narciso, camorrero, en fin iguales.
Es ahí cuando deciden intercambiar roles, que uno se retirase al descanso sempiterno, mientras que el otro asumiera funciones para las cual nadie lo escogió.
Todo esto en el mundo del realismo mágico, fuese un buen guion cinematográfico, pero en la tragicomedia que nos está tocando vivir, es fatal, los venezolanos estamos frente a usurpadores, que no les importa la legalidad, porque son meros formalismos. Solo les interesa mantener el poder y mientras tanto todos los ciudadanos, vemos entre sábanas y con los ojos entreabiertos toda la trama, sin siquiera dejar que nos descubran como espectadores, para no molestar e importunar al gendarme que nos vigila desde el paraíso insular. No es lo que nos hacen, sino lo que dejamos que nos hagan, en este proceso usurpador.
Llueve… pero escampa!