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viernes, 13 de junio de 2014

A patada limpia

Miguel Yilales
@yilales
Es indiscutible que hay una pasión que unifica al mundo y esa exaltación llegó al fin. Luego de cuatro largos años de espera se reanuda la magna cita (pareciera una publicidad de concurso de belleza venezolano) del deporte más popular del planeta.
Entramos en una etapa en la que la mayoría de los conflictos se apaciguan, los estudiantes no reclaman, las familias se unen y los gobernantes toman un segundo aire, no porque se acabaron las desigualdades, tengamos agua potable o existan plenas libertades, sino porque se empezó a mover una pelota perseguida por 22 jugadores y observada por miles de millones de espectadores.
Hace más de un año me referí al balompié como el deporte más extendido del mundo. En la actualidad es practicado por más de 280 millones de habitantes. Es tan multitudinario que en el organismo rector la Fédération Internationale de Football Association, conocida por su acrónimo FIFA, hay 208 asociaciones inscritas y que ha tenido el mismo presidente desde 1998.

Otros comandantes supremos y eternos

Joseph Blatter, una especie de comandante supremo y eterno del fútbol, ha estado en cargos directivos de la FIFA desde 1981, por lo que ha participado en la organización de nueve Mundiales: cinco como secretario general (España 82, México 86, Italia 90, USA 94, Francia 98) y cuatro como presidente (Corea-Japón 2002, Alemania 2006, Sudáfrica 2010 y Brasil 2014).
Pero las ambiciones de poder de Blatter no han quedado ahí, sino que a sus 78 años aspira que en el 2015 lo reelijan para otro período más y poder completar los negocios en torno a la organización del torneo en Rusia en 2018, con lo cual valdría suponer que luego deseará supervisar Catar 2022.
Es que en esas circunstancias a los ambiciosos por el poder les cuesta tener la dignidad para desprenderse de las mieles que les brinda ser el mandamás. De seguir así es posible que Blatter alcance al presidente eterno de la FVF, su majestad Rafael (Esquivel) I, quien detenta el poder absoluto de nuestro balompié desde 1987 y que no aspira retirarse hasta que concluya el centro de alto entrenamiento de Margarita (que lleva en construcción 10 años), la Vinotinto clasifique para la etapa final de una Copa del Mundo y que consiga un seleccionador que le deje dividendos a la Federación que él dirige como Al Capone dirigía el negocio familiar de antigüedades.
Es que su eterna permanencia en el poder, sin resultados que demostrar, es similar a lo que ocurre en el país: dirigentes que son sempiternos secretarios generales de los partidos, tanto de los que están en el gobierno como de los de la oposición; rectores del CNE que, a falta de designación de sus relevos, son declarados perpetuos por otra instancia con el período vencido; alcaldes que pasan a gobernadores y de ahí a candidatos presidenciales, para regresar a ser gobernadores y luego otra vez alcaldes, que posteriormente son concejales y hasta reyes del arroz con pollo, donde lo importante es estar en el poder hasta que abdiquen en nuestro nombre.

La otra cara de la moneda

Pero no todo es fiesta, lejos de las celebraciones y afuera de los estadios, manifestantes en Brasil se han movilizado para repudiar los excesivos gastos del Mundial, que no fueron invertidos para acabar con las deficiencias en salud y educación, aunque, claro está, ellos no tienen idea de lo que son excesivos gastos, despilfarro y corrupción, porque desconocen lo dilapidado por esta “pulcra” revolución.
Es que el fenómeno mundialista no queda solo para los entendidos del fútbol, los aficionados, los dirigentes, los futbolistas o los comentaristas que transmiten los partidos, los políticos del régimen no han querido estar ajenos a la cita y aunque han venido practicando desde hace años, ya se sienten a sus anchas para demostrar sus cualidades con las patas, las ancas o las grupas.
Tienen más de 15 años cayéndole a patadas a la oposición, al diálogo, al respeto, a la tolerancia, al país, a los venezolanos, a la sociedad, en resumen a todo lo existente, porque para ellos esa es la forma de construir el socialismo del siglo XXI, que es una miseria en la que solo ellos destacan.
Mientras, en nuestro país, con la inflación y la escasez más alta del continente, con el gobierno más ineficiente del mundo y con un régimen que ha malgastado todos los recursos, pareciera que una vez más los venezolanos estamos prestos a usar banderas, franelas y símbolos de otros países, sin importar como nos caen a patada limpia.

Llueve… pero escampa

miércoles, 12 de junio de 2013

Reglas claras y árbitros honestos

Miguel Yilales
@yilales
Los Juegos Olímpicos Modernos, una justa mundial para reunir las distintas disciplinas deportivas en la que se propiciase la búsqueda de la perfección espiritual por medio del deporte y la higiene, ideados por el barón Pierre de Coubertin, estaban llamados a ser el acontecimiento más popular del planeta. 
En ese momento no se podía prever que esa brillante idea sería destronada en el entusiasmo planetario por un solo deporte: el fútbol.
El balompié es el deporte más extendido del mundo. En la actualidad es practicado por más de 280 millones de habitantes. Es tan multitudinario que en el organismo rector la Fédération Internationale de Football Association, conocida por su acrónimo FIFA, hay 208 asociaciones inscritas, mientras que en la ONU solo hay 193 Estados miembros.
Algunos historiadores han tratado de encontrar sus orígenes en los juegos rudimentarios que aparecen en los murales de Teotihuacán o en los manuales de ejercicios militares correspondientes a la dinastía Han de la antigua China, por los siglos III y II AC, en los que se buscaba lanzar una pelota con los pies hacia una pequeña red.
Si bien es cierto que estos juegos tenían ciertas características que se asemejan al fútbol actual, la realidad es que prácticamente no hay vinculación con el deporte que surgió, en las Islas Británicas, en el siglo XIX.

Reglas claras, juego limpio

Cuando el fútbol de carnaval, una modalidad salvaje y sin reglas de ese deporte empezó a popularizarse, los británicos entendieron que para poder glorificarlo y hacerlo una competencia a escala mundial, debían existir reglamentos claros, es decir, un código para ser seguido por todos.
Cuando se decide participar en una actividad deportiva, social, política lo primero que se hace es conocer las reglas para actuar acorde a ellas. En una sociedad estas reglas son el corpus iuris que seguimos para garantizar la convivencia.
Se actuaría con ingenuidad si se va a un campo de fútbol con reglas de béisbol  A nadie, a menos que sea un “vente-tu” sin reglas (porque hasta las caimaneras las tienen), se le ocurriría participar en un juego de fútbol en el que su rival puede agarrar el balón con las manos para meter los goles o que las faltas solo sean sancionadas a uno de los equipos.
Venezuela durante años fue considerada la cenicienta del torneo de la Confederación Suramericana de Fútbol (Conmebol) para la Copa del Mundo. Nos excusábamos con que los árbitros siempre pitaban en contra, el terreno nunca nos favorecía o que no habíamos tenido tiempo para compenetrarnos. La verdad era que no anotábamos goles y perdíamos.

Para ganar, hay que competir

En el deporte, como en la política lo esencial es que haya un equipo y un director técnico que haga su trabajo: planificar y ejecutar un plan para ganar con las normas establecidas. Y es precisamente ese el dilema en el que se encuentra la oposición política del país: hay equipo, parece que hay director técnico, pero no hay reglas claras.
Cuando los resultados electorales tienden a serle desfavorables al gobierno, su ministerio electoral, el CNE, modifica los circuitos para que con menos electores se pueda tener más representantes, oculta el registro de electores para que no sea público, modifica las auditorías para que no auditen, manipula discrecionalmente el padrón electoral para que voten extranjeros por nacionales, para que no voten los expatriados al no poder actualizar sus datos y voten hasta los muertos, cual zombis electorales, que según una de las custodias de la pulcritud del proceso, no es algo para escandalizarse.
Pero en política no podemos aplicar el sermón de Ethelbert Talbot, durante los Juegos Olímpicos de Londres en 1908, en el que planteó que lo importante no era vencer, sino participar. En política lo importante es llegar al poder, pero como en el fútbol, se requieren reglas claras y árbitros honestos.
En el fútbol y en la política de nada sirve tener un equipo y no jugar, así como tampoco funciona participar sin reglas o con un árbitro mafioso. Debemos exigir un árbitro imparcial que sancione las faltas, que garantice se juegue con las mismas reglas y que no se parcialice por uno de los equipos en liza.
Estamos a tiempo para cambiar lo que haya que cambiar y exigir contundentemente lo que nos corresponde. Los derechos son inalienables y se debe exigir su cumplimiento así nos cueste, como dijera Sir Winston Churchill, “sangre, sudor y lágrimas”.
Llueve… pero escampa