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martes, 15 de mayo de 2018

No boto mi voto


@yilales
Ante todo quiero aclarar que desde que adquirí plenos derechos ciudadanos los he ejercido porque me ha dado la gana. Si se ha tratado de votar o de abstenerse, de optar por un candidato o hacerlo por el menos malo, de atinar en mi escogencia o de equivocarme con ella, emocionarme en una campaña o ir con un pañuelo en la nariz… lo cierto es que en todos esos casos decidí basado en mi libre albedrío, uno de los principios que todo demócrata debiera defender.
De eso se va la democracia: no es perfecta pero es perfectible; se pueden cometer errores pero tiene mecanismos de regulación; iguala a los hombres (en el voto, ante la ley, entre otros) aunque haya eunucos intelectuales que lo confundan igualitarismo; de equilibrar y limitar al poder y, por supuesto, con capacidad para elegir y ser elegido. Ya lo dijera Churchill ante la Cámara de los Comunes en 1947: “Muchas formas de gobierno han sido probadas, y se probarán, en este mundo de pecado e infortunio. Nadie pretende que la democracia sea perfecta. En verdad, se ha dicho que es la peor forma de gobierno excepto de todas las demás formas que han sido probadas en su oportunidad. El peor sistema político diseñado por el hombre, con la excepción de todos los demás”.
Tramoyas electoreras
Por esas razones es que siempre me he inclinado a que sea por esta vía que se solucionen las cosas, que sea la mayoría la que decida pero con respeto a las minorías, que quienes estén obligados a controlar a los gobernantes (como aquella exmagistrada) no queden obnubilados al extremo de validar una supra constitucionalidad que aún sufrimos, que la madurez política permita evaluar la eficiencia de un proyecto y castigar la ineficiencia de los ineptos y que la manipulación populista encuentre en ciudadanos conscientes el discernimiento entre la conciencia y la inconsciencia; la ética y la deshonestidad; la verdad y la mentira y la moral y la amoralidad de un candidato-presidente que corregirá los errores del presidente (que es él mismo), un candidato-progobierno que no critica al régimen (guantes de seda ante el peor gobierno republicano) o candidatos-pastores (con mucha sopa y su “buena mano” como gran oferta electoral).
En Venezuela, para nuestra desgracia, hemos tenido candidatos fanfarrones, bulleros, jactanciosos y mentirosos. Desde uno que ofrecía dar la pelea (con gallina incluida) para evitar que la autocracia, la cobardía y el narcotráfico continuase en el poder aunque unos años después se le descubriera la pantomima y la tramoya cuando terminó rodilla en tierra; pasando por un zuliano y supuesto demócrata a carta cabal que en las primeras escaramuzas terminase en el exilio y regresase de él como si nada hubiese pasado; hasta llegar a un opositor light (que es lo mismo que chavista light) que alega ser “tibio” porque es lo que necesita el país a pesar que estos momentos demandan un mayor compromiso, una superior integridad y una óptima honradez para torcerle el rumbo a las tarambanas que ostentan el poder desde 1998.
Entre lo malo, lo pésimo y lo peor
Es un suplicio tener que decidir entre un obrero que nunca ha laborado y que su único trabajo eficiente ha sido depauperar a Venezuela; un pastor que alega tener “buena mano” y muestra a su esposa como evidencia de ello o un golpista que es capaz de promocionar encuestas, manipular a incautos y engañar a sus partidarios con una campaña virtual, sin emoción y sin masas que se traduzcan en votos es seguir con aquello de votar en contra de Maduro y no a favor de una propuesta… y elegir en esas condiciones es imposible porque no hay nada para escoger.
Decir que así no haya condiciones hay que votar, que si se pierde será culpa de la abstención aunque no se haya hecho nada para derrotarla o que arderá Troya si se desconoce la normativa electoral, la letra de la constitución o el Consejo Nacional Electoral se parcializa por el partido de gobierno es como aceptar que se ha permanecido en estado comatoso por más de 20 años o que se ha sido cómplice con los desmanes del régimen.
La tramoya electoral que impulsó la írrita Asamblea Constituyente, que avalaron los cinco insensatos (incluido el jarrón chino “opositor”) que dirigen al ministerio electoral chavista y promovió el único interesado en legitimarse un año antes de que se acabe su período, no es un proceso electoral serio, justo, equilibrado y en el que de verdad se pueda elegir por eso he decidido que no boto mi voto.
Llueve... pero escampa

domingo, 16 de abril de 2017

Políticos sin ética, norte ni rumbo

Por Miguel Yilales
@yilales
Hace algunos años, cuando ya se vislumbraba la peor etapa de nuestra era republicana, uno de los más preclaros venezolanos de finales del siglo XX dirigió un mensaje a la nación que muy pocos escucharon, por no decir que nadie. Vivíamos una época en la que la política había sido desacreditada por unos supuestos eruditos que nunca pasaron por la academia, por unos apócrifos empresarios que amasaron sus fortunas lactando de las ubres del Estado y por unos fingidos intelectuales de obras desconocidas que nos embarcaron, en un buque de papel maché pegado con saliva de loro, para que navegásemos en ese mar de leva que es la antipolítica.

Con motivo de la conmemoración del XL aniversario del 23 de enero de 1958 el insigne maestro Luis Castro Leiva (un título que no le cuadra a cualquier educador y si no me creen pongo de ejemplo al adulador curiepeño que ha militado en 5 partidos) pronunció ante nuestro autóctono Areópago, aquel extinto Congreso Nacional en el que descollaban criollos cicerones por sus preclaras disertaciones, una brillante pieza de oratoria con demoledoras palabras en las que cuestionaba como habíamos tratado los asuntos públicos y daba una lección magistral sobre la integridad, la moralidad y el recto proceder que deberían practicar todos los que les interese el arte de lo posible (como se conoce a la política desde que Aristóteles así la definiera) y en la que clamaba porque ella volviese a ser cosa seria y de ciudadanos responsables de sus obligaciones.
El fin no lo justifica todo
Pero como dice el dicho popular él no fue profeta en esta Tierra de Gracia. Cuentan que su temprana e incomprensible partida se debió a la desolación que sentía por haberse convertido en un majadero, de los que han labrado en la mar, al tratar que se comprendieran sus sabias monsergas: que quienes él creía llamados a reconstruir la república se dedicaron a instaurar una republiqueta; que en lugar de que se generalizara tener políticos formados lo que surgió fue una casta de faranduleros devenidos en politiqueros; que proliferaran analistas que basasen sus apreciaciones en lo esotérico, en la adivinación o en el chismorreo; que no nos pudiésemos deslastrar de los oportunistas de siempre y que aún tuviésemos inmaduros, de esos que se creen el cuento de que una protesta es una manifestación de inconmensurable amor, que no entienden que la democracia es más que votar, que la separación de poderes es más que retórica y que la alternancia en el poder es más que imponer por mampuesto a un gatopardiano candidato.
Todo esto viene a cuento por la proliferación de algunos apóstatas en la política que vienen recomendando como se deben hacer las cosas. Ellos alegan que Nicolás siempre tuvo la razón con aquello de que “el fin justifica los medios” con lo cual no solo demuestran que jamás se leyeron a El Príncipe de Maquiavelo (y menos conocen Los discursos sobre la primera década de Tito Livio) sino que lo usan como aquel bodrio que impuso, como texto de cabecera, el dictadorzuelo hasta que Boris Izaguirre desentrañó los metamensajes de su lectura.
Pensar que en estos convulsos tiempos que vive Venezuela es posible seguir haciendo política a través de la mentira, la manipulación, la farsa, y los trucos baratos es irresponsable por no decir egoísta, lerdo y perverso.
Morderse la cola
Estos expertos en política son los mismos que han oxigenado al régimen en repetidas oportunidades, que abandonan las luchas y a quienes las pelean y que pactan por posiciones más convenientes para sus propias candidaturas: actúan como el sempiterno candidato aquel que terminó como filicida de su propia organización; se comportan como aquellos que en medio del río decidieron cambiarse de caballo y apoyar al jamelgo Frijolito; se saben colaboradores de este desastre y aunque montaron tienda aparte cuando no atendía a sus intereses ahora descubrieron que progresar y avanzar puede ser otra forma de hacer lo mismo.
Si no entendemos la política como un mecanismo que nos permita la convivencia colectiva dentro de unos límites éticos y morales entonces podremos cambiar los nombres de los políticos o de los partidos pero siempre tendremos a la vuelta de la esquina a un aventurero que crea que para hacer política no importa la ética, el norte ni el rumbo lo cual nos retrotraerá cíclicamente, como la serpiente que se muerde la cola, al oscurantismo en que nos metió el chavismo.

Llueve…pero escampa