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lunes, 30 de octubre de 2017

Adiós muchachos

Por Miguel Yilales
@yilales
Luego de transcurridos 15 días de la debacle electoral y política (en este caso el orden de los factores afecta, y muchísimo, el producto) aún no salimos del guayabo. Es como si nos hubiese dado por escribir, interpretar, cantar y bailar los boleros más desgarradores mezclados con los tangos más arrabaleros, con su jerga bien lunfarda, con puñales atravesados y pistolas desenfundadas, con los trapitos sacados al sol, con desengaños y con amoríos no correspondidos.
Y no es para menos porque de manera incomprensible nos percatamos que luego de miles de palabras lanzadas al aire que alertaban sobre los peligros que representaba casar una pelea contra el guapetón del barrio junto a toda su patota sin estar preparado para confrontarlo y de las continuas de arengas de unos supuestos líderes políticos que pedían que no los abandonásemos en la lucha por conquistar el poder aunque ellos engolosinados, aunque más pareciera emborrachados de soberbia, no se hubiesen preparado ni siquiera para competir contra quienes habían demostrado estar dispuesto a todo para no ser desalojados del gobierno.
Sin culpables, ni responsables
Y esa inferencia la hago porque resultó que según el jefe de campaña de esta última masacre electorera, y pareciera que habrán más, a la oposición nadie le podrá recriminar que “no lo intentamos” (Blyde dixit). Es como el policía que en una situación de ñrehenes, luego que son asesinados todos los secuestrados y escapan los captores, en su primera aparición pública se excuse diciendo: “los mataron a todos y se escaparon los delincuentes pero tengan la seguridad que lo intentamos y que la próxima vez lo haremos mejor”.
Cada vez que hablaba un actor político, un activista o un operador de los que no se les escapa nada (eso incluye a esa especie de médicos yerbateros que manejan las encuestadoras del país) señalaban que nadie con 80% de rechazo podía salir electo ni para una junta de condominio, que con este CNE se le habían ganado las parlamentarias al régimen y que a pesar de lo muy maulas, tramposos y criminales que son sus rectores (sin exclusiones) el juego se ganaba con testigos, con votos y tras derrotar a la abstención. Al final la abstención y la participación fue similar a eventos precedentes y parecería que los testigos no estaban, no sabían que hacer o eran convidados de piedra a un festín con música, comida y bebida para el que fuese vestido de rojo.
Por supuesto que ante esa situación lo menos sensato y lo más desacertado y políticamente incorrecto era decir que nadie era responsable y fue lo que se hizo al alegar que el fraude era el único causante de la derrota, como si la errada dirección política, la falta de rumbo, la selección de pésimos candidatos, la falta de testigos para tener las actas al terminar el proceso y no darle un parado, en el momento oportuno, a los continuos abusos del ministerio electoral, no tuviesen incidencia en los resultados.
Todo bajo control
Si bien todos esos argumentos son valederos nadie pudo presentar una sola evidencia del fraude cometido en el día de las elecciones, con la excepción de Andrés Velásquez que tenía años preparándose para que no le cometieran otro asalto a voto armado. Además, según nos decían, las demás trampas (el uso de los recursos del Estado; el abultado registro de electores; la repartición de las “planchas de zinc” de la V República, que ahora se llaman CLAP, chamba juvenil, hogares de la patria o carnet de la patria; el que los uniformados garantes del proceso hicieron campaña por sus camaradas candidatos, la migración de electores y la mutación de los centros electorales) estaban controlados.
Por los resultados podríamos decir que todo estaba bajo control pero del enemigo, que en nuestro caso era de Nicolás, Diosdado, los hermanitos Rodríguez y todos los candidatos que terminaron coronados como gobernadores o los que claudicaron para preservar un escritorio vacío y un cargo sin funciones, exceptuados los estados Bolívar (que se la robaron descaradamente y sin escrúpulos) y Zulia (que la arrebataron al destituir al ganador).
En política la improvisación pasa factura y en nuestro caso es una  sumamente costosa. Si seguimos dando tumbos y comportándonos como unos inmaduros políticos terminaremos como el tango diciéndole a nuestros conocidos “Adiós muchachos compañeros de mi vida” sin haber desalojado a los tiranos que nos oprimen, estén en el gobierno o en la oposición.

Llueve... pero escampa 

domingo, 15 de octubre de 2017

Dictadura no sale con votos

Por Miguel Yilales
@yilales
Una de las expresiones más comunes de los últimos años es la sirve de título a mi artículo de la semana. La puedes escuchar en cualquier esquina, autobús o en la barra improvisada de alguna casa de vecino, no importa si se trata de un lego de la política, de un avezado docto o de uno que otro tecnócrata que, por haberse especializado en materias económicas o administrativas, les da por opinar y disertar, con la autoridad de quien usurpa a un numerario en el Palacio de las Academias, de historia, política, medicina, lengua, ciencias, estadísticas y hasta del arte culinario. Lo que nunca aclaran es como es que se sale de ella.
Hay algunos más osados que instan a los demás a “salir a la calle y no regresar hasta que se vaya el tirano” pero a las primeras de cambio dan sus paseíllos por Central Park en Nueva York (ni de lavativa es por el de la Av. Bolívar) porque tienen que educar al mundo y sus alrededores sobre “cómo regresar a la democracia” sin haber aportado nada a la nuestra o por el contrario son los que trabajaron ardientemente para instaurar la tiranía pero visitan Orlando, Las Vegas, Washington, Lima, Buenos Aires y Santiago, con la misma solvencia de un boliburgues, para abonar el terreno que le permita clamar por protección y asilo político.
Productores de VTV
Recuerdo que durante una de las miles de protestas que se dieron este año en Venezuela (venía de tragar gas lacrimógeno aunque en realidad huía de los esbirros y sus prácticas de fusilar a quemarropa), casualmente me encontré a uno de esos comecandela paseándose por estas calles. Él (como muchos otros) es de los que propugnan la salida con sangre, de los que le han prendido todas las velas a San Ejército, Santa Armada y Santa Aviación (no a la Guardia Nacional por su militancia en las filas del Lucifer de Sabaneta y su heredero) para que actúen por ser la solución aunque en realidad sean el verdadero problema, de los que desean que se produzca un estallido social que arrase con el país pero sin que lo afecte a ellos y de los que hacen llamados estentóreos para que los demás boten espuma por la boca pero que no participa en protestas, no marcha ni se sacrifica porque, en su humilde entender, todo lo que no haya surgido de su mente es colaborar con los vendidos de la MUD y su estrategia para atornillar a Nicolás.
Estos críticos son tan arrechos que al oír su habladera de pendejadas, materia en la que se hacen acreedores de un PHD con honores, provoca firmar una petición para que les den un segmentofijoen alguno de los bodrios que transmite el “equilibrado” canal de “Todos los Venezolanos”, actúan como asalariados del chavismo: se quejan pero no protestan, no trabajan pero quieren que los mantengan, llaman a la abstención aunque saben que no aporta a los resultados y desean ser testigos de la implosión de la oposición. Son unos genios de las pistoladas incapaces de reconocer que las acciones politicas nos visibilizaron ante el mundo, que allanó el camino para las sanciones y el enjuiciamiento a los violadores de derechos humanos, el reconocimiento internacional de la Asamblea Nacional y el desconocimiento del parapeto prostituyente.
Hay que construir la salida
Para salir de las dictaduras se requiere que confluyan varios elementos: las ganas, las acciones para deslegitimarlo y lo imponderable. Gómez no salió, a pesar de los deseos de vivir en libertades, que los jóvenes protestaran (surgió la Generación del 28) ni de acciones militares, solo la muerte de El Bagre (a veces la muerte no es la solución y para muestra el último botón) dio paso a las transformaciones, en cambio para salir de Pérez Jiménez se requirió, además de la voluntad de la iglesia, de los estudiantes en la calle, de los políticos en la clandestinidad, de exiliados serios y de un proceso electoral fraudulento, de su huida en la Vaca Sagrada.
Las dictaduras no salen con votos, ni siquiera la de Pinochet, puede ser verdad pero son los votos de los ciudadanos, junto a sus ejecutorias, los que terminan de deslegitimarlos. Si nosotros no entendemos qué hay que obligarlos a saltarse a la torera las normas es porque no hemos aprendido nada de la naturaleza atrabiliaria del régimen. Se vota no porque vivamos en democracia sino porque es la herramienta conque contamos los demócratas, cuál escavadora del Metro, para construir la salida del túnel que nos libere de Maduro, mientras tanto seguiremos oyendo pendejadas.

Llueve... pero escampa

domingo, 16 de abril de 2017

Políticos sin ética, norte ni rumbo

Por Miguel Yilales
@yilales
Hace algunos años, cuando ya se vislumbraba la peor etapa de nuestra era republicana, uno de los más preclaros venezolanos de finales del siglo XX dirigió un mensaje a la nación que muy pocos escucharon, por no decir que nadie. Vivíamos una época en la que la política había sido desacreditada por unos supuestos eruditos que nunca pasaron por la academia, por unos apócrifos empresarios que amasaron sus fortunas lactando de las ubres del Estado y por unos fingidos intelectuales de obras desconocidas que nos embarcaron, en un buque de papel maché pegado con saliva de loro, para que navegásemos en ese mar de leva que es la antipolítica.

Con motivo de la conmemoración del XL aniversario del 23 de enero de 1958 el insigne maestro Luis Castro Leiva (un título que no le cuadra a cualquier educador y si no me creen pongo de ejemplo al adulador curiepeño que ha militado en 5 partidos) pronunció ante nuestro autóctono Areópago, aquel extinto Congreso Nacional en el que descollaban criollos cicerones por sus preclaras disertaciones, una brillante pieza de oratoria con demoledoras palabras en las que cuestionaba como habíamos tratado los asuntos públicos y daba una lección magistral sobre la integridad, la moralidad y el recto proceder que deberían practicar todos los que les interese el arte de lo posible (como se conoce a la política desde que Aristóteles así la definiera) y en la que clamaba porque ella volviese a ser cosa seria y de ciudadanos responsables de sus obligaciones.
El fin no lo justifica todo
Pero como dice el dicho popular él no fue profeta en esta Tierra de Gracia. Cuentan que su temprana e incomprensible partida se debió a la desolación que sentía por haberse convertido en un majadero, de los que han labrado en la mar, al tratar que se comprendieran sus sabias monsergas: que quienes él creía llamados a reconstruir la república se dedicaron a instaurar una republiqueta; que en lugar de que se generalizara tener políticos formados lo que surgió fue una casta de faranduleros devenidos en politiqueros; que proliferaran analistas que basasen sus apreciaciones en lo esotérico, en la adivinación o en el chismorreo; que no nos pudiésemos deslastrar de los oportunistas de siempre y que aún tuviésemos inmaduros, de esos que se creen el cuento de que una protesta es una manifestación de inconmensurable amor, que no entienden que la democracia es más que votar, que la separación de poderes es más que retórica y que la alternancia en el poder es más que imponer por mampuesto a un gatopardiano candidato.
Todo esto viene a cuento por la proliferación de algunos apóstatas en la política que vienen recomendando como se deben hacer las cosas. Ellos alegan que Nicolás siempre tuvo la razón con aquello de que “el fin justifica los medios” con lo cual no solo demuestran que jamás se leyeron a El Príncipe de Maquiavelo (y menos conocen Los discursos sobre la primera década de Tito Livio) sino que lo usan como aquel bodrio que impuso, como texto de cabecera, el dictadorzuelo hasta que Boris Izaguirre desentrañó los metamensajes de su lectura.
Pensar que en estos convulsos tiempos que vive Venezuela es posible seguir haciendo política a través de la mentira, la manipulación, la farsa, y los trucos baratos es irresponsable por no decir egoísta, lerdo y perverso.
Morderse la cola
Estos expertos en política son los mismos que han oxigenado al régimen en repetidas oportunidades, que abandonan las luchas y a quienes las pelean y que pactan por posiciones más convenientes para sus propias candidaturas: actúan como el sempiterno candidato aquel que terminó como filicida de su propia organización; se comportan como aquellos que en medio del río decidieron cambiarse de caballo y apoyar al jamelgo Frijolito; se saben colaboradores de este desastre y aunque montaron tienda aparte cuando no atendía a sus intereses ahora descubrieron que progresar y avanzar puede ser otra forma de hacer lo mismo.
Si no entendemos la política como un mecanismo que nos permita la convivencia colectiva dentro de unos límites éticos y morales entonces podremos cambiar los nombres de los políticos o de los partidos pero siempre tendremos a la vuelta de la esquina a un aventurero que crea que para hacer política no importa la ética, el norte ni el rumbo lo cual nos retrotraerá cíclicamente, como la serpiente que se muerde la cola, al oscurantismo en que nos metió el chavismo.

Llueve…pero escampa

lunes, 7 de septiembre de 2015

Cambiemos este pasticho ideológico

Miguel Yilales
@yilales
Escribir sobre política en este país es harto difícil, no porque no haya tema, sino por la vertiginosidad con que entramos y salimos de ellos. Pero más allá del que, también está quienes hablan y de quién.
Resulta que no conforme con que los organismos de inteligencia revolucionaria, al más puro estilo de la CIA, del G2 o de la KGB, generen los temas que desvíen la atención de los grandes problemas que tenemos los venezolanos, salen unos supuestos héroes anónimos, y lo de anónimo no es por filantrópicos sino porque lanzan sus piedras y venenos desde el anonimato, a aderezar con rumores, enfermedades, muertes, conspiraciones y cuanta forma de correr bolas haya. Es que pareciera que si en algo somos campeones mundiales es en ese deporte de inventar cuentos y hacer lo que no es, por lo menos así lo demostró el que se creía eterno y hoy no está, que hacía de todo para desviar la atención de los verdaderos asuntos.
De esos que impulsan temas hay unos en particular que viven vociferando la importancia del trabajo como único mecanismo para lograr el bienestar, pero se quejan porque los ciudadanos hacen huelgas porque es de vagos y no se dan cuenta que es un derecho especialmente capitalista, critican que las personas hagan cola para comprar en los mercados porque debieran estar protestando y vociferan que los jóvenes no luchan, pero sí lo hacen los tildan de poco preparados para atender los asuntos del Estado.

Regalar y merecer

Es que cada cosa se ve distinta según el cristal con que se mire y para demostrarlo usaré este sencillo y común ejemplo: cuando un hijo se gradúa de bachiller y sí la universidad le queda lejos, se vive un clima de inseguridad total y no hay servicio de transporte público decente, salen los padres a regalarle un carro.
Este hecho es para el liberalista un acto socialista, es decir una dádiva que no es fruto del trabajo; para el socialista un acto capitalista que promueve el individualismo y no el colectivismo; para el joven es un justo y merecido reconocimiento al esfuerzo de su trabajo (estudiar) ya que sus padres le repitieron hasta la saciedad que eso era lo que él hacía. Y ahí reside la diferencia entre regalar y merecer.
Igual sucede con ese venezolano al que le entregan un apartamento de la Misión Vivienda, cada quien tiene una óptica diferente: para el beneficiario es lo que le corresponde como parte de la repartición de la renta petrolera, mientras que para unos es un regalo inmerecido porque no es producto del trabajo y para otros es un acto piadoso que reconoce la necesidad de la intervención del Estado para disminuir las desigualdades.
Y es que esta cristalografía la aplicamos también en la política. Por ejemplo la democracia cristiana, surgida del Rerum Novarum del papa León XIII y la Doctrina Social de la Iglesia, es por lo general de centroderecha (con algunas áreas de centro izquierda), pero en Venezuela la llamamos socialcristianismo, algo así como una mezcla de chicha con mango.
Es que decirse socialista en el país parece ser chic, no hay partidos nuevos que surjan, que no salgan corriendo a la Internacional Socialista a pedir su aprobación, beneplácito y consentimiento para sentirse aceptados políticamente. Fíjense que aquí no hay derecha o por lo menos así lo establecen todos los estatutos de fundación de los partidos políticos.

Menos sectarismo, más democracia

Por esa vía hay liberales que son conservadores, hay conservadores que quieren la descentralización, gente que se llama comunistas y socialistas y al acercársele la Parca salen a clamar por un milagro de Dios y están los otros, esos que viven entre golpes de pecho, que ven por encima del hombro a los pobres porque son algo ruin, vergonzoso y despreciable.
Hoy más que nunca se hace necesario desplazar el sectarismo, el fanatismo y la intransigencia que nos destruyó, desde que esta horda encabezada por un golpista, que nunca creyó en la constitucionalidad, llegó al poder, y para ello es vital la conformación de una mayoría que retome los valores de la democracia, las libertades y la decencia.
La tarea es dura porque nuestro futuro depende de que se recupere el funcionamiento del país y sus instituciones y es que la Venezuela postchavista tiene que ser distinta y el primer paso debe ser firme, fuerte y, a partir de ahí, constante para cambiar este pasticho ideológico y en eso, lo que viene, es más que una elección y son más que simples curules a ocupar.

Llueve… pero escampa

miércoles, 29 de julio de 2015

Después de mí… el Diluvio

Miguel Yilales
@yilales
Hablar de política en el país se ha transformado en una experiencia imposible de describir. Hay un sector de la población que si no le das la razón se molesta y si consideras que sus planteamientos están bien argumentados se molestan porque de seguro hay intenciones ocultas. Hacer política en medio de un estado general de sospechas es sumamente difícil y complicado, en especial cuando estamos llamados a construir mayorías.
En los días recientes me topé con un taxista, de esos con título, postgrado y doctorado, que decidió conducir un carro porque, en medio de la bonanza económica, social y política generada por el socialismo del siglo XXI, prefirió dejar los libros, la enseñanza, las disertaciones y las ponencias para dedicarse a algo más productivo como pasar horas en el tráfico, lidiar con los huecos en las vías, la escasez de repuestos y la falta de cauchos.
Resulta que en un recorrido de pocos kilómetros que tardó algunas horas me explicó porque no se iba del país y la diferencia entre ser optimista y tener esperanza (hasta ese momento creía que podrían ser sinónimos). Entre cuento y cuento me expuso que nuestro problema es que vivíamos de la esperanza y que al no alcanzar los objetivos caíamos en una depresión (electoral, social y cultural), y que lo que necesitábamos era ser optimistas porque sin importar cuánto tiempo tardase algo, se tiene la certeza de que las cosas van a ocurrir.

A remar en un sentido

El problema de esta historia es que no aplica a todos los que se autoproclaman como salvadores de los valores democráticos y dicen luchar por tener un país distinto, porque si bien es cierto que las cosas ocurren cuando van a ocurrir, también es verdad que es más fácil llegar a la orilla si todos remamos en un mismo sentido, así pensemos distinto.
Entre esos remeros hay los que en vez de avanzar, retroceden, y llaman radicales a los que piensan distinto a ellos. Están los que aúpan la abstención porque así defienden el voto y llaman colaboracionistas a quienes quieren ejercer su derecho y los que ven en el voto una solución y llaman traidores a los que critican, con razón o sin ella, que no hayan condiciones equitativas, el vulgar ventajismo oficial, las designaciones “dedocráticas” de los candidatos opositores y la falta de observación internacional.
Uno no se imagina a Betancourt, Leoni, Carnevalli, Caldera, Villalba, Pompeyo Márquez o a Ruiz Pineda planteando la depuración de la resistencia para luego salir de Pérez Jiménez. Primero se salió del dictador y luego se dirimieron las diferencias entre los aliados. Ahora parece que a algunos remedos de líderes, dirigentes, cabecillas y opinadores de oficio se les perdió la brújula y, por consiguiente, no saben dónde está el norte político.
Es que cada cierto tiempo aparecen unos personajes que de política saben lo que se puede aprender de astronomía nuclear en una revista de farándula y salen a criticar sin hacer una sola propuesta concreta, para luego decir “yo se los dije”, como que sí el problema del país se circunscribiera al yo lo sabía, yo les dije o yo les alerté.

Que lancen la primera piedra

Todo un egocentrismo, tan criticado en el paladín del desastre del Socialismo del

siglo XXI, pero encomiable si quien lo demuestra es algún personajillo de algún partido político, que no tiene votos, seguidores, amigos, ni familiares, y que solo les permite validarse cuando están frente a un espejo.
Son tan ególatras, que se creen ungidos y si viviesen en las épocas de principio de la era cristiana andarían con una peñona en las manos para lanzársela al primero que se les aparezca porque se sienten puros y libres de pecado frente al pasado reciente, aunque en realidad sean corresponsables por acción u omisión.
Todos tuvimos o tenemos un pariente que fue adeco, copeyano, masista, mepista, urredista y hasta comunista con lo cual debiéramos darnos con la piedra nosotros mismos por haber permitido que se llegase hasta aquí o todos tenemos un familiar, un amigo o un conocido que aún cree que los uniformados son la salvación institucional, con lo cual debiéramos apedrearlos y autoapedrearnos por no haber aprendido nada.
El problema real no está en los errores del pasado, sino en el futuro que debemos construir, muy a pesar de quienes juran y perjuran que después de ellos vendrá el diluvio como si su partido fuese el Arca y ellos la reencarnación de Noé, y olvidan que la historia no terminó con él.

Llueve… pero escampa

jueves, 26 de marzo de 2015

Se dañó la lavadora en casa

Miguel Yilales
@yilales
Si algo hay que agradecerle a estos 16 años de involución social y económica es que sensibilizó a un amplio sector de la población venezolana a interesarse en la política, lo cual resulta paradójico porque llegaron al poder montados sobres las grupas del potro indomable de la antipolítica para luego convertirse en un verdadero animal, y no lo digo con sentido peyorativo, político.
Era común oír a finales del siglo pasado que hacer política era cosa de flojos y corruptos, vividores del Estado, gorrones y rémoras que no aportaban nada, además que había que desaparecer los partidos, la representación equitativa y lo individual para inventar algo nuevo, lo funesto es que el invento terminó en un desastre que calcó y maximizó los vicios que aspiraba destruir.
Una de las cosas que prometió este bártulo ideológico que nos desgobierna era que iba a terminar con la insolvencia moral, la escasez de principios y la falta de valores.
Es que a pesar de lo que se ha dicho y escrito en los últimos 50 años sobre la esfera de lo público y lo privado, de cómo esas áreas tienen sus límites y alcances para la vida de los seres humanos, hay quienes creen que eso de solucionar las cosas a lo interno de su entorno es lo más saludable, como lo hicieron en su tiempo (y aun lo hacen) las mafias.

Mafias con partidos o partidos mafiosos

Cuando Lucky Luciano escogió a Cuba para el negocio de las drogas y su socio Mayer Lansky organizó un colosal imperio para el lavado de dinero ilegal, el procesamiento de diamantes y oro llegados de contrabando, nunca se imaginó que 60 años después la mancebía fuese regentada por unos hermanos con iguales mañas para ocultar, mentir, engañar y embaucar con lo público y lo privado de sus ejecutorias.
No importa si el grupo es la mafia rusa, la Tríada china o los Yakuza japoneses todos creen que el secreto y su forma de vida sustentada en el fraude, la estafa, el robo y la violencia, son temas no tan sucios que solo deben ser tratados por “la familia” que los solucionará a lo interno.
Y eso está bien para una organización criminal que se cree una familia, pero es funesto para una sociedad cuando los partidos políticos empiezan a comportarse como un hatajo de cómplices a los que solo les importa encubrirse unos a otros.
Dicen que los políticos, como los artistas, tienen una vida pública y otra privada. Es más hay quienes creen que los políticos debieran no solo tener vida pública (su desempeño ante la sociedad), vida privada (su desempeño con su familia) sino también una vida secreta (su desempeño con los secretos de Estado), aunque en estas latitudes bananeras, lo digo porque la fruta se da con mucha facilidad, se confunda una con la otra y se terminen comportando como verdaderos capos.
Recuerdo que hace muchos años un dirigente de un prístino y albo partido amenazó a tirios y troyanos con llevarlos al cadalso de la opinión pública con una lista en la que aparecían, con pelos y señales, todos los que se habían enriquecido del erario nacional. Hizo toda una alharaca para nunca llegar a publicar la temida lista y terminó más bien llevándosela in pectore a la tumba, con lo cual no honró el lema de su campaña que lo tildaba de correcto.

Los trapos sucios

Lamentablemente esa ha sido la práctica de los partidos en Venezuela. Una guarida donde no se puede denunciar a alguien porque nadie se atreve a señalar los desafueros de sus compañeros, camaradas, compatriotas o llámense como se llamen.
Si alguien sale a revelar sobre cómo vulgarmente se ha enriquecido algún miembro del partido en el poder, bien sea el capitán Vuitton, el teniente-capitán o el reposero obrero, saldrá quien diga que ese es un asunto que se resolverá con los mecanismos internos del partido, que está dirigido por ellos mismos y que, a la postre, no remediará nada.
Pero sí le da por criticar algunas formas poco democráticas, cuestionar negocios mil millonarios del suegro de un dirigente o la eterna espera del momento oportuno, se le acusará de hacerle el juego y colaborar con el régimen, a pesar que los verdaderos colaboradores tienen sus cuentas, y no en las redes sociales, bien abultadas.
Hasta que no entendamos que para cambiar debemos sanear lo que está mal y que eso de lavar los trapos sucios en casa es viable en la mafia pero no en la política, seguiremos debatiéndonos entre escoger a pillos, corruptos y delincuentes y no entre los más aptos, honestos y capaces de uno u otro bandos.

Llueve… pero escampa

martes, 6 de enero de 2015

Entre Eudomar Santos y Palomino Vergara

Miguel Yilales
@yilales
Hace algunos años muchos intelectuales (¿?) se alegraban, y así lo plasmaron en un documento, porque al fin se le haría un desagravio al último dinosaurio sobre la faz de la Tierra. Un homenaje al asesino de cubanos, al que ensangrentó a Venezuela en los 60 y exportó miseria al continente americano, fue una verdadera afrenta a quienes ofrendaron su vida para derrotarlo, algo así como que sí los judíos, le hubiesen hecho una distinción a Hitler.
Ahí están sus nombres, y aunque algunos han rectificado, desde ese instante nadie quiso hacer política y se inició un camino muy peligroso. En el país se respiraba el espíritu de la antipolítica, todos empezaron a felicitarse porque al fin se lograban pasos importantes en la destrucción de los partidos y la construcción de una democracia aséptica, con lo cual se estaba creando un monstruo.
Resulta que cuando lo único importante era decapitar políticamente a Carlos Andrés Pérez, aunque algunos habían intentado hacerlo con las armas y otros conspirando desde su propio partido, salió a la palestra un personaje que inmediatamente muchos lo entendieron como el paradigma del nuevo político venezolano: improvisador, dicharachero, cuentero, guapetón y oportuno que decía “como vaya viniendo, vamos viendo”, una pésima interpretación de la frase laissez faire, laissez passer, le monde va de lui même (Dejen hacer, dejen pasar, el mundo va solo).

Macho que se respeta…

Es de allí que empezaron a surgir un sinnúmero de políticos y empresarios con aspiraciones presidenciales, émulos de Eudomar Santos, ese personaje que interpretaba Franklin Virgüez en la novela “Por Estas Calles”.
Aunque se ha derramado mucha tinta, inclusive académica, para explicar este fenómeno, creo que aun hay cosas que escribir pero en otro sentido, porque no es solo la conducta Santos la que se apropió de la antipolítica venezolana, sino que de la interpretación de Emilio Lovera va a surgir su complemento: Palomino Vergara.
Vimos como un encantador de serpientes embaucó con arengas y proclamas a sus tropas, al hablarles de glorias y grandezas, del árbol de las 3 raíces y de la sangre bolivariana que corría por sus venas, pero que al escuchar los primeros disparos, le contestó al general que lo fue a buscar: “mande usted general, donde será mi rendición”.
Con similar actitud procedió durante los hechos de abril de 2002, que ante el desconocimiento de la FAN y la renuncia que le solicitó el “vitalicio” embajador venezolano en Portugal, llamó a un monseñor Porras para que le garantizara la vida y por error en vez de Hernán llegó Baltazar, con lo cual terminó diciendo “ordenen ustedes” a generales, coroneles y al sacerdote que tanto odiaba.
Así también actúan el guapetón teniente-capitán-diputado de la Asamblea Nacional hasta que lo confrontan (pareciera que ese fue el motivo para sacar a María Corina Machado del Parlamento) o el que dice ejercer la presidencia del país, que no sabe sí obedecer a su mujer o a quienes mueven los hilos del poder.

Hay muchos… pero duran poco

Fíjense que Nicolás Maduro el día que se conmemoraban los 15 años de la Constitución y la tragedia de Vargas (olvidada por el régimen) convocó, al estilo Eudomar Santos, una improvisada y macilenta marcha sin sentido en contra de las sanciones del gobierno estadounidense a funcionarios venezolanos violadores de los Derechos Humanos (con lo cual uno no sabría sí es que está a favor de las violaciones), en ella se transformó en todo un Palomino Vergara que insultaba, bravuconeaba, gritaba y amenazaba, para en días demostrar su verdadera naturaleza, ya no frente a Fidel (más de allá que de acá) o a Raúl (transmutado en pitiyanqui) sino al propio vicepresidente norteamericano Joe Biden, a quien en vez de reclamarle injerencias terminó diciéndole, con sonrisita incluida, “mande usted señor”.
Pero nuestros males no terminan ahí porque en la oposición también les ha dado por alternar entre Eudomar y Palomino: cuando no improvisan, es que no tienen planes y si no les da por ser bravucones entre ellos o contra quienes los critican para terminar diciéndole al régimen con voz atiplada y llorosa: ordene.
Lamentablemente estos primeros días del 2015, como los 16 años en revolución, nos han demostrado que fanfarrones hay muchos pero duran poco y que se continuará improvisando según como vengan las cosas, algo poco alentador frente al panorama económico, social y político que se avecina.

Llueve… pero escampa

lunes, 14 de julio de 2014

Democracia ¿Sin partidos y sin ciudadanos? Yo te aviso chirulí

Miguel Yilales
@yilales
Desde la época de la colonia el venezolano no ha cambiado, estar entre los vencedores siempre ha sido su prioridad. Los llaneros pertenecieron a ambos bandos primero en las filas de Boves y luego, cuando los vientos de guerra cambiaron de dirección, se fueron con el taita Páez.
Esa forma de pensar es la que hace que cada 4 años, al no tener un equipo propio, un sinnúmero de compatriotas empiezan a vestirse con las camisetas de los diferentes equipos en competición. Así vemos que las banderas, camisas, pitos y matracas van cambiando con la misma velocidad con que le anotaron los goles a la selección brasileña.
A diferencia de nuestro principal entretenimiento, el béisbol, en que los fanáticos son fanáticos de su equipo hasta que lo eliminan y no andan cambiándose la camisa del Magallanes por la del Caracas o la de los Tiburones por la de Lara porque no se llegó al Round Robin.
La única temporada extraña fue aquella en que unificaron a los Leones y los Tiburones y sacaron aquel híbrido llamado los Tibuleones, pero esa fue harina de otro costal.
Si en la política los adeptos a los partidos fuesen como los fanáticos de la pelota otro gallo cantaría, pero lamentablemente terminan pareciéndose más a esos saltimbanquis futbolísticos.

Es distinto ser que parecer

Cuando la Generación del 28 inició la forma de hacer política en Venezuela y posteriormente sus protagonistas fundaron las distintas agrupaciones partidistas, podías o no pertenecer a uno de ellos, o simplemente podías ser antiadeco o anticopeyano, y no por eso pertenecías a la otra organización.
Pero los errores de esos mismos partidos acabaron con ellos porque no entendieron la necesidad de la renovación de sus cuadros y de realizar los ajustes necesarios para que no se impusiera la antipolitica por encima de la política.
Así nos conseguimos que de esa forma de destruir la política llegó para quedarse y regresó aquel mal que había enterrado Juan Vicente Gómez: el caudillismo, un flagelo que destruyó al país durante el siglo XIX y de seguro lo destruirá en este siglo XXI.
Es que esos mismos partidos que trazaron el rumbo venezolano por más de medio siglo aun no encuentran el rumbo y mucho menos quien los conduzca, porque se han empeñado en mantener unos cuadros vetustos y periclitados por el ejercicio del poder dentro de sus propias organizaciones. Actitud que copian también las organizaciones afectas al régimen, con lo cual están predestinadas a la misma ignominia con que se ven hoy el otrora partido del pueblo o el socialcristianismo criollo.
Los mismos actores, los mismos dirigentes sin renovación, sin reconocer que hay cuadros que pueden y deben surgir para inyectar sangre joven y nuevas ideas. Un mal que se repite hasta en las Fuerzas Armadas donde ratifican a generales que debieron pasar a retiro, por no confiar en nadie.

Mucho que copiar

La mayoría de los sistemas políticos del mundo se han estructurado en función de los partidos: en la Revolución Francesa eran los girondinos y los jacobinos, en los Estados Unidos su estructura se monta con los demócratas y los republicanos, en la América hispánica con conservadores y liberales.
Sin embargo en Venezuela luego de la caída de Gómez todos los partidos deciden ser de izquierda, revolucionarios, anti norteamericanos y antiimperialistas (usados como sinónimos) como si se tratase de su leitmotiv.
De ahí que todo lo que pareciese venir de los Estados Unidos de América era perjudicial. Para desgracia de algunos las independencias de ambos países ocurrieron en años distintos pero con un día de diferencia, aun no se disipa el olor a la pólvora de los fuegos artificiales con los que ellos celebran un día de victoria cívica y aquí se inicia la celebración de un acto cívico que es desvirtuado como un día militar.
El día que la civilidad de la Declaración de la Independencia, que no tiene nada que ver con las gestas militares de la emancipación, se conmemoren a la orilla de un lago, de un río, frente a una plaza para contemplar las bellezas naturales que tenemos, para compartir una comida y celebrar que somos responsables de nuestro destino y no con desfiles militares, discursos militares y arengas paramilitares, entenderemos lo que es ser ciudadanos.
Mientras tanto seguiremos a la merced de los maisantas, los zamoras y otros asaltantes del erario público (estén en el gobierno o en la oposición), de los partidos que desvirtúan la política y de ciudadanos que no entienden la civilidad.

Llueve… pero escampa