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martes, 4 de marzo de 2014

Bruto se te cayó la máscara

Miguel Yilales
@yilales
Las máscaras se han utilizado desde la antigüedad con propósitos ceremoniales y prácticos. Sus orígenes se remontan a la más lejana antigüedad. Los griegos las empleaban en las fiestas dionisiacas y los romanos durante las lupercales y las saturnales. De ahí son llevadas a las representaciones escénicas y a los carnavales modernos.
Los griegos muy dados a las representaciones y a la actuación en sus teatros encontraron en las máscaras la vía ideal para que los actores interpretaran sus personajes, es decir aparentaran lo que no son, porque a fin de cuentas una actuación es una simulación.
Mucho tiempo después las máscaras han quedado para ser usadas en las fiestas al Rey Momo, en los carnavales y en algunas representaciones de fiestas religiosas como los Diablos Danzantes de Venezuela o de celebraciones que no pertenecen a nuestra cultura como Halloween, pero que pareciera que (por las fotos publicadas por las infantas bolivarianas) pueda ser incluida en nuestro calendario de festividades, en especial porque este régimen se ha dado a preservar cuanto día libre exista, por los altos niveles de bonanza económica y productividad que muestra el país.
Por ejemplo nuestros Diablos, los danzantes y no a los que ejercen el gobierno, que con su atuendo rojo (no confundir) y sus máscaras coloridas con prolongaciones óseas llamadas cachos o cuernos, son una representación simbólica de la lucha del bien contra el mal.

Para ocultar lo que no se es

Lo que sí es cierto que se usen las máscaras para rituales sociales o religiosos, estas sirven para ocultar o mimetizar lo que no se es. Es que hay quienes creen que al usarla el portador tomará las cualidades de la representación de esa máscara; es decir, una máscara de demócrata inducirá al portador a convertirse o actuar como demócrata.
Durante el siglo XX los teóricos políticos se empeñaron en definir y clasificar a los regímenes dictatoriales, porque no era lo mismo hablar de la dictadura romana que de las dictaduras de los líderes supremos y eternos de esa época Hitler, Mussolini o Franco o los de esta época más reciente.
Giovanni Sartori, un conocido teórico sobre la democracia, distinguía entre: dictadura simple, dictadura autoritaria y dictadura totalitaria, pero agregaba que en todos los casos el Estado empleaba métodos coercitivos para lograr sus objetivos.
Por supuesto muchos años después los regímenes debieron inventar mecanismos que les permitiesen justificarse, ante la comunidad internacional, no porque le importara sino porque nadie quiere ingresar al libro de la historia como cobarde, de esos que se rinden al fragor del combate, o como dictador, de esos que abusaron del poder.
Así se estructuró un manual a lo Fürher, en el que debían llegar al poder mediante el voto popular, adecuar la constitución pero gobernar al margen de ella, legislar mediante habilitaciones legales pero espurias del Parlamento, eliminar o mandar al exilio a los opositores y legitimarse mediante elecciones fraudulentas, amañadas y manipuladas, para ponerse su careta democrática, como ocurrió en la Alemania nazi.

El Fantasma de la Ópera y Bruto

Así fue como el líder supremo y eterno, que falleció hace un año, se mantuvo en el poder, siempre en el filo de la democracia, en una especie de borderline político, entre guardar las formas y violentarlas, por ese ego que tantas decisiones hace asumir a los megalómanos deseosos de reconocimiento como líderes interplanetarios.
Ni con todos los dólares gastados en lobby por el cuerpo diplomático, ni con la grosera manipulación del suministro de petróleo, ni con las giras del tira piedra mayor que funge de ministro, han podido evitar que el mundo volteara a ver nuestra realidad.
Como aquel personaje que deambulaba por los laberintos subterráneos de la Ópera Garnier, que trataba de ocultar su deforme rostro bajo una máscara, pero que no puede evitar que al final se descubra su verdadera naturaleza, así ha ocurrido con quien detenta el poder en Venezuela, el orbe vio al personaje mostrar su semblante amorfo que desprecia los derechos humanos, cuando se le cayó la máscara de demócrata y se expuso como lo que es: un dictadorzuelo tropical.
El país siente lo mismo que Julio César cuando es asesinado y descubre que entre sus asesinos esta Bruto. Sus palabras finales, según William Shakespeare, fueron a Bruto por traicionarlo. Nosotros somos la República y a Bruto, el traidor, se le cayó la máscara.

Llueve… pero escampa

viernes, 8 de febrero de 2013

Sobran los disfraces

Miguel Yilales 
@yilales 
Una de las épocas que los niños más esperan en el año, luego de la Navidad, es el Carnaval. 
En épocas pretéritas, pero no tan antiguas, los días estaban llenos de papelillos, carrozas, caramelos, coronación de reina disfraces y vacaciones. Hoy faltan los papelillos, las carrozas, los caramelos, pero… sobran los disfraces. 
En nuestro país, aunque algunos no lo crean, la tradición de jugar con agua, azulillo, huevos y otras sustancias nos llegó desde España. Sin embargo es en el siglo XIX cuando se empieza a refinar la celebración hasta alcanzar su mayor apogeo durante la dictadura del “zar de La Orchila”. 
En esa época surge una tradición, sinónimo de rebeldía o de deseos reprimidos, en la que algunos jóvenes se convertían con una careta negra y un vestido oscuro hasta los pies, en “negrita” por unos días. 
Para un país que vivía un tiempo de opresión, falta de libertad y represión, el anonimato que proporcionaba la tela negra permitía unas horas de libertad absoluta, que algunos aprovechaban para bailar un bolero pegadito y bien sabroso con un muchacho. Algunos se llevaron más de un chasco. 
Es de resaltar que las carnestolendas se asocian al catolicismo, como muchas otras fiestas asimiladas de fiestas paganas. El Carnaval precede a la Cuaresma. Casi siempre es en febrero, cuarenta días antes del primer plenilunio de primavera, que siempre será Semana Santa. 
Febrero es un mes en el que han pasado muchas o pocas cosas, pero nunca han dejado de existir las mascaradas. Será por eso que algunos con deseos reprimidos les han dado por hacerse protagonistas de la historia tras una carátula que les simule ser lo que no son. 
Hoy parece que el truco no es disfrazarse de negrita, sino de hueste tropera. Metidos en ceñidos uniformes militares con antifaz, careta y máscaras, queriendo emular a “su semidiós museístico”, pero pareciéndose más al famoso sargento que, entre metidas de pata, siempre permitía que el enmascarado escapara. 
Hay quienes los disfraces militares no le van, por temor a que los confundan con un desprevenido chofer de tanque. Por eso prefieren inventarse o copiarse su propia indumentaria de afrodescendiente, poniéndose símbolos y gorras, que mimetice su despotismo en democracia. 
No se si existe relación entre disciplina y relajo, entre militares y negritas o entre saltimbanquis y diputados. Lo que sí es cierto, es que en esta revolución bananera y tropical, de verdad que sobran los disfraces. 
Llueve… pero escampa