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jueves, 14 de mayo de 2015

Imitadores de pacotilla

Miguel Yilales
@yilales
Desde hace tiempo he estudiado el mito político y el empleo de mitos para hacer política, una práctica que en nuestro país se podría equiparar a la afición de hablar de cualquier tema y materia sin propiedad.
Por supuesto que crear mitos es más fácil si lo hacemos de personas que han ejercido el poder económico, social o político de un país. Que sí cantaba o sí bailaba, que sí era irresistible para el sexo opuesto, que sí se ha leído todas las obras de la Biblioteca de Alejandría o cree que Alejandría es una vendedora de libros de las que hace vida en la Fuerzas Armadas, es lo de menos, lo importante es que usted crea el cuento que le echen.
Eso ocurre con el que mientan el comandante supremo y eterno. Y es que luego de 15 años ejerciendo el poder político en Venezuela, con más de 3.656 horas o lo que es lo mismo 152 días ininterrumpidos de exposición televisiva, de seguro encontraremos imágenes que podrían ser copiadas de películas hollywoodenses o, más en su estilo, de novelas de Delia Fiallo.
Recientemente salió un opinólogo que le dio por convertirse en semiólogo de la imagen para analizar un video musical en el que aparece un dúo, un reguetonero y una actriz que representa a una joven con cáncer.  Según el improvisado analista el abrazo que ocurre entre la chica y los cantantes, es la evocación de uno similar acontecido entre el desaparecido presidente y una niña con el mismo padecimiento.

“Aló, Chino y Nacho”

Pero el ridículo no llega hasta ahí sino que se profundiza en la explicación de que la imagen se uso con la finalidad de mejorar los niveles de audiencia de los cantantes, garantizar la aceptación entre el público venezolano y disminuir el rechazo que sienten los seguidores del difunto mandatario por estos cantantes.
Resulta que el video del tema musical se volvió viral y quienes no lo habían visto corrieron a ver de qué trataba, con lo que el opinólogo debiera pasar su factura por honorarios por la publicidad gratuita.
Así que sí se consigue en un aeropuerto con Naomi Campbel, Danny Glover y Sean Penn no se le ocurra tomarse una selfie porque lo acusarán de copiar al comandante; sí va a un concierto dirigido por Rafael Dudamel ni piense en aplaudir la ejecución de la orquesta no vaya a ser que crean que se inscribió en el partido de gobierno; sí aspira a ser electo presidente del condominio no abrace viejita, ni bese muchacho ajenos porque puede ser acusado de imitador y por supuesto no piense en usar aviones, carros, comer y, menos aún, ir al baño por ser actividades exclusivas del líder único y eterno.
Lo que falta es que se haga un reality show en el que los fanáticos llamen a los cantantes y no pueda decir “Aló, Chino y Nacho” por ser propiedad intelectual del chavismo que nos desgobierna.
Asimismo le debe estar ocurriendo al periodista español Emilí Blasco con su libro “El Búmeran Chávez. Los fraudes que llevaron al colapso de Venezuela”, que encontró en un imitador de estadista su mejor publicista.

Bumerán contra mazo

La investigación periodística de Blasco, que se alimenta con las declaraciones de unos cuantos cooperantes de la DEA, ha servido para que el presidente de la Asamblea Nacional demuestre su espíritu de  camorrero con su garrote medieval y demande a los directivos de los medios nacionales que reprodujeron lo que publicó el diario español ABC sobre el texto.
Esa decisión es como que sí a usted le prohibiesen citar a cualquier autor, retuitear a alguien o compartir lo que otro escriba en su muro de Facebook, porque eso lo haría copartícipe de las ideas y por ende corresponsable, con lo cual volveríamos a la era de la inquisición, muy acorde con un régimen que está empeñado en llevarnos al siglo XV con sus conucos verticales, el desarrollo endógeno, el trueque, la comuna, las ramas, los curanderos y las enfermedades endémicas ya desaparecidas en el mundo moderno menos en Venezuela.
Es que estos seudopublicistas, políticos chambones y opinólogos ineptos deben haberse formado con un verdadero imitador de pacotilla y supuesto manager de artistas, ahora transmutado en directivo de un canal de televisión regional, que se queja de los incendios en El Ávila no por el daño al pulmón vegetal de Caracas sino por el hollín que llega a las ventanas de su pent-house, con lo cual demuestran que para mantenerse en el poder tienen que ser inescrupulosos, manipuladores, serviles, mentirosos, corruptos, deshonestos, crueles y malvados.

Llueve… pero escampa

miércoles, 16 de octubre de 2013

El títere que censuraba

Miguel Yilales
@yilales
En 1950 en los Estados Unidos ocurrió un magnicidio, de hecho es el único magnicidio ocurrido en toda la historia. Algunos podrán pensar que he cometido un gazapo y que la historia registra más asesinatos presidenciales o intentos de asesinatos: Abraham Lincoln (1er presidente asesinado durante su mandato), James A. Garfield (asesinado a los 6 meses y 15 días después de acceder al cargo) o JFK asesinado en un mes de noviembre, eso fuese cierto si estuviese historiando a la nación del norte, pero es a Venezuela a la que hago referencia, que para ese entonces ni era República, ni era Bolivariana, sino Estados Unidos de Venezuela.
Con el asesinato de Carlos Delgado Chalbaud, se han tejido distintas teorías conspirativas desde la autoría de Marcos Pérez Jiménez (a la postre el gran beneficiado), pasando por la participación del imperio norteamericano que necesitaba un personaje más dócil en la primera magistratura, hasta llegar al lamentable desenlace de un secuestro realizado motu proprio por Rafael Simón Urbina, quien luego de ser gobernador, fue acusado y enjuiciado por enriquecimiento ilícito, por lo que decidió cobrar justicia por sus manos.

Entre fantoches y censores

Con la muerte del presidente, Teniente Coronel, comandante en jefe de la fuerza militar, se generó una crisis política que obligó a que se encargase del poder un civil, Germán Suárez Flamerich, que en todos sus actos aparecía franqueado de militares (como se podrá ver no escribo de Chávez, ni de Maduro y mucho menos de un alcalde detenido por corrupción, que luego salga a buscar justicia).
Una de las primeras medidas implementadas por el fantoche de entonces, impulsado por los militares detrás del poder o al lado de él, fue la designación de un experto sabueso policial, Pedro Estrada, para que se encargase de la Seguridad Nacional y acabase con el enemigo interno.
La censura a los medios de comunicación no se hizo esperar, los periódicos debían someterse al lápiz rojo de Tinoquito, mote con el que se conocía al censor gubernamental Manuel Vicente Tinoco.
La prensa se doblegó bajo el yugo de la censura y lo que es peor de la autocensura. La Esfera, Últimas Noticias y La Religión fueron bastiones contra la opresión. Luego se uniría El Universal y El Impulso hasta que el régimen implosionó.
Y es que tanto antes, como ahora hay diferentes mecanismos para censurar a la prensa. Bien por la compra de medios, la restricción de insumos o por la vía de la sanción, la persecución y la intimidación.

Censura que el oprobio queda

Como los controles han sido insuficientes, ante la irreverencia de la prensa, el gobierno (ahora sí hablo del presente) decretó la creación del Centro Estratégico de Seguridad y Protección de la Patria (CESSPA), nombre rimbombante para los nuevos “tinoquitos” y sus lápices rojos, rojitos.
Un organismo que “…evaluará las informaciones de interés para el nivel estratégico de la nación, asociada a la actividad enemiga interna o externa, provenientes de todos los organismos de seguridad e inteligencia del Estado y otras entidades públicas y privadas, según lo requiera la Dirección Político-Militar de la Revolución Bolivariana".
Es decir gracias a esto descubrimos que hay enemigos internos, como en 1950, y que los verdugos obedecen al partido militar de turno, como en 1950.
Es que los regímenes totalitarios que esconden su naturaleza de lobo bajo la piel suave de oveja, propugnando un falso nacionalismo que en realidad es entreguismo, con grandes negociados que dejan a sus miembros jugosas comisiones, donde se irrespeta a la autonomía de los poderes, por desprecio a los postulados de les encyclopédistes o porque quienes dirigen esos poderes son fichas del partido, siempre requieren mostrar la mano férrea contra sus enemigos políticos y recurrir al asesinato, la tortura, las cárceles, el exilio y la censura rigurosa de la prensa.
En Venezuela se practica una censura disfrazada de legalidad. Se prohíbe por decreto el libre ejercicio del periodismo. Se multa a los valientes y se les tortura física y psicológicamente. Se impone el terror buscando desesperadamente el silencio.
Es bueno recordar que a partir de 1958 casi nadie va a recordar al títere, muy pocos añoran al titiritero. Cuando el guiñol baja el telón, surge la verdad y el oprobio persigue a los impíos que arruinaron y devastaron su propio terruño. Hay que verse en el espejo de la historia, llámese uno Germán o Nicolás.

Llueve… pero escampa