jueves, 16 de abril de 2015

La pelea del siglo

Miguel Yilales
@yilales
Desde que en los Tratados de Westfalia se impulsara la noción de la soberanía nacional a través de la institucionalización de la diplomacia y de los ejércitos, las relaciones internacionales se han constituido en el vínculo, el nexo, la asociación y el diálogo que deben existir entre las naciones.
Pero a pesar del tiempo transcurrido aun hay quienes las ven como un ring de boxeo en el que se dirimen las diferencias a los golpes y trancazos. Para algunas personas es una tradición repugnante y sangrienta, pero no hay deporte en el que se despliegue una conducta que muestra: disciplina espartana necesaria para entrenar; belleza y plasticidad adquirida con la técnica; solemnidad en el cumplimiento de las reglas; estrategia para salir victorioso y perseverancia para levantarse tras la caída como el boxeo.
Dicen que los boxeadores se dan a conocer por su técnica, bravura y parafernalia, pero si algo los caracteriza de pies a cabeza, a parte de los guantes, es el uso de un apodo que pueda intimidar al rival. En todos los tiempos grandes pugilistas han recurrido a este ardid para reflejar lo que son: Joe Louis “El Bombardero de Detroit”, Manny “pac-man” Pacquiao, Oscar “El niño dorado” De La Hoya, Ray “sugar” Leonard o Roberto “Mano ’e Piedra” Durán.

Promotor, contendientes y escenario

En nuestro país hablar de beisbol y de boxeo va con nuestra idiosincrasia, y tenía que ser así porque nuestras primeras y más connotadas hazañas deportivas provinieron de esos deportes: ser campeones mundiales en béisbol y obtener la primera medalla de oro olímpica del boxeo.
Es por ello que cuando nos informaron que este mes de abril ocurriría un choque de trenes, similar al que anunciaban en la televisión cuando promocionaban el enfrentamiento de los boxeadores del momento, todos esperábamos un espectáculo digno de Don King o de Rafito Cedeño.
Para eso se contrató a unos vetustos sparring caribeños, que en alguna época pretendieron ser unos boxeadores con suficiente pegada y altura para amenazar a un fortachón, y que creen que ahora sí lo harán con unos esmirriados pugilistas a los que solo les han enseñado a blufear, gritar y amenazar, como lo hacían ellos, pero nunca a pelear.
Entre esos pugilistas, en este siglo XXI, han destacado varios: Hugo “huele azufre” Chávez, Evo “cocaína” Morales, Rafael “censura” Correa, Daniel “estupro” Ortega y, más recientemente, Nicolás “sin papeles” Maduro, todos muy eficientes en el boxeo de sombra y en la polémica desde un micrófono, pero que no aguantan ni un round sobre el ring a menos que sea para fotografiarse con el ganador.
Resulta que la pelea del siglo planteada en Panamá entre Barack Obama y el paisano Nicolás no llegó al primer asalto. En las primeras de cambio el “sin papeles” solo atinó a lanzar golpes al vacío y como el alcance de brazos, la gracia y el tino estaban del otro lado, le dio por usar un doble para desviar la atención mientras se lanzaba a la lona sin que lo hubiesen tocado o hubiesen tirado la toalla.

¡Otra derrota más!

De nada sirvió que amenazase con hacer arrodillar al afroamericano y cantarle sus verdades, convencido por un siquiatra de que contaba con millones de voluntades de apoyo, así las haya obtenido bajo amenaza.
Tampoco las atrevidas declaraciones en las que describía cómo acabaría con su rival, una especie de predicciones antes del encuentro estelar, como aquellas que lanzaba Muhammad Alí para amedrentar a sus contendientes.
La verdad es que ni una fotografía en los camerinos cuando habló amable y respetuosamente (Maduro dixit) con Barack existe, no fuese a ser que el cuento de la victoria fuera del ring no coincidiese con la realidad.
Es por eso que al regresar al país y luego de supuestamente derrotar a un peso pesado del combate diplomático, a Nicolás le dio por revivir la guerra de independencia contra España: por lo menos ya consiguió a su “negro segundo” (primero solo hay uno) al nombrar teniente a un gobernador oriental.
Abril se ha develado como un mes de las verdades, no porque sepamos al fin que pasó con la renuncia que anunció Lucas, ni porque haya aparecido la irrelevante partida de nacimiento de algún indocumentado y menos aún porque sepamos que pasó con aquel que juraba y perjuraba que ganaría y cobraría, si no porque nos percatamos que luego de la pelea del siglo, que terminó en aplastante derrota, solo ostentamos los títulos mundiales en corrupción, blanqueo de capitales, narcotráfico, inflación y escasez.

Llueve… pero escampa

jueves, 9 de abril de 2015

Con sangre de horchata

Miguel Yilales
@yilales
Desde hace algún tiempo, en Venezuela, las personas que se dicen seguidoras de algún bando político han perdido el sentido de la crítica frente a sus propios dirigentes.
Sí usted milita en la oposición y se le ocurre decir algo de los sacrosantos autos denominados líderes de esta generación, y no me estoy refiriendo a Guillermo Dávila, se expone a que desde las mismas filas opositoras salgan y lo acusen de ser un agente encubierto del régimen que trabaja para mantener al chavismo en el poder; pero sí lo hace desde las filas de la administración también lo catalogaran de agente secreto, pero del Imperio, que desestabiliza al gobierno.
Recuerdo que cuando alguien no le importaba las cosas o tenía un carácter muy sosegado decían que tenía “sangre de horchata”. Pareciera que en los últimos años a la sociedad venezolana le han venido practicando transfusiones de reemplazo del fluido sanguíneo por mucha horchata con valeriana.
Tan es así que pudiéramos inventar un nuevo gentilicio para algunos habitantes de este país con horchata: venehorchatanos, una sociedad que sufre pero es paciente y se resigna a que todo se solucionará “Dios mediante”, “con el paso del tiempo” o “cuando la rana eche pelo”.

Sin sangre en las venas

Los que ayer protestaban por lo más mínimo que hicieran los gobiernos civiles, hoy se postran adulantes ante el militarismo corrupto y putrefacto que dirige al país. Y voy a tratar de demostrarlo con ejemplos.
Cuando abundaban las largas filas de personas en los supermercados poca gente se quejó de las hordas que se trasladaban hasta en autobuses para agotar los productos en segundos y mucho menos de la respuesta que tenía preparada el gobierno: un sistema de racionamiento a lo cubano pero con capta huellas (que ya estaban listas para importarlas) y con horarios determinados por el número de cédula.
Hay venehorchatanos que agradecen que con esas medidas por lo menos se consigan los productos y se pierde menos tiempo porque disminuyeron y, en algunos casos, desaparecieron las largas filas de personas, pero nadie se pregunta ¿Qué se hizo esa especie langostas que arrasaban con todo a su paso? ¿Quién tenía la capacidad de movilizarlos? y menos ¿A quién beneficiaban con su presencia?
Vamos con otro ejemplo. Antes sí se hablaba del espacio territorial los militares eran los primeros que se mostraban prestos a defenderlo, es más recuerdo que con la delimitación de los espacios marítimos en el Golfo de Venezuela casi linchan, metafóricamente hablando, a Luis Herrera Campins por su “Hipótesis de Caraballeda”.
Pero con este régimen, que le ha dado por entregar la soberanía del Esequibo, pareciera que a los militares venehorchatanos solo les importa hacer creer que se alistan ante una imaginaria invasión norteamericana, que solo existe en las calenturientas cabezas de estos ñangaras de nuevo cuño, educados en las primitivas estrategias cubanas.

Pero aún hay más

Igual ocurre en materia de corrupción. Los jeep de Ciliberto, Ibañez y Lusinchi, adquiridos con las partidas secretas y usadas para la campaña de 1988, son conchas de ajo frente al peculado de uso de autobuses, vehículos, medios de comunicación, aviones y edificios del Estado en la eterna ruta electoral en que nos imbuyó la involución bolivariana, sin que los venehorchatanos alcen su voz de protesta.
Y por si fuera poco en Venezuela el nepotismo era perverso hasta que llegó este esperpento que se autodenomina Socialismo del Siglo XXI. Cuando Rafael Caldera nombró a uno de sus hijos como ministro, por cierto los que hoy gobiernan lo llamaban el pimentón porque dizque estaba en todos los guisos, la gente lo vio con ojeriza por el antecedente del indulto que refrendó Ramón J. Velásquez por culpa de su secretario privado que, para colmo de males, era su hijo.
El parlamento vivió una época en la que a su nómina le decían los “floriados” por la gran cantidad de Flores (ni aromáticas, ni coloridas) que había en sus registros, toda una minucia ahora que el presidente de esa instancia, una ministra y la principal atracción bolivariana están emparentados, con lo cual ratifican que los guisos en familia son más sabrosos y jugosos.
Mientras aquí sigan ocurriendo cosas y nos comportemos con sangre de horchata, los que están en el poder abusarán de nuestra dignidad, y para evitar eso tenemos que confrontar a todo aquel que desee mantenernos lánguidos y adormecidos, estén en el gobierno o en la oposición.

Llueve… pero escampa

jueves, 2 de abril de 2015

Aún hay que descubrir a los Judas

Miguel Yilales
@yilales
Cada quien decide como lo recordará la historia, porque si de algo sirve esta es para saber lo qué vivimos y cómo lo hicimos, quiénes formaron nuestro pasado y cuánto se equivocaron.
Hace algún tiempo uno de esos eruditos que se creen conocedores de todo y que fue adorado (aún hay quienes se babean por él) por los ñángaras del continente, propuso que la historia lo absolvería como si se tratase de un tribunal, cuando la realidad es que el único tribunal que lo juzgará es la Corte Celestial, y por sus ejecutorias es dudoso que llegue a esa instancia, y sea enviado directo al mismo círculo en que, según Alighieri, se encuentran sus camaradas, muy cercano al centro donde está el traidor mayor: Satanás.
Creo que nadie, en su sano juicio, quiere ser recordado por traidor o por incapaz. En nuestra historia hay personajes que hubiesen deseado otro tipo de muerte, histórica y política, que la que les tocó vivir, pero no fue así, es más hay personajes que estuvieron predestinados a dirigir los destinos del país, pero que en realidad solo les tocó, hacer un papel secundario para los historiadores.
Hablar de un popular caudillo venezolano, diputado, candidato presidencial, preso y sacado de la cárcel para que apoyar la proclama contra la invasión insolente pudiera generar dudas si se trata de alguno de los presos políticos del siglo XXI, pero nos referimos a ese general llamado “El Mocho” Hernández que muy pocos conocen y muchos menos recuerdan hoy.

No solo ocurre en esta Tierra de Gracia

Nadie creerá que a Mao Zedong le hubiese gustado ser rememorado como el propulsor del Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural, momentos en el que su poder alcanzó las cotas máximas al desarrollarse un intenso culto a la personalidad en torno a su figura pero bañado por la sangre de 35 millones de chinos o a Bill Clinton que a pesar de la recuperación económica alcanzada durante su mandato en los Estados Unidos, la gente al oír su nombre piense en habanos, pasantes y actos impropios.
Todo esto viene a colación porque nadie puede pensar que una administración tan deficiente como la que nos ha tocado vivir en estos 16 años haya sido planificada adrede así, aunque por las corrientes ideológicas escogidas se suponía estaban predestinados al desengaño, porque nadie que ejecute lo mismo por lo que fracasaron sus antecesores puede aspirar al éxito.
Lo lamentable es que hay personajes que al estar en la oposición solo desean llegar a los cargos públicos para ser evocados por su gestión, los cambios que generaron y la pulcritud en el manejo de la cosa pública, aunque al final las corruptelas, la ineficiencia y la ineficacia sean el leitmotiv de sus gestiones, como nos ocurrió a los venezolanos que cambiamos populismo con más populismo, socialismo con más socialismo, corruptelas de la IV con podredumbres de la V, porque el socialismo militarista del Siglo XXI es lo más decrépito, decadente y ruinoso de la democracia civil.
Sabemos que estos grises personajes, que abundan en el régimen y que pululan en la oposición, existen porque respiran, declaran porque hablan y los vemos porque salen a la calle a buscar votos, simplemente desaparecerán de la vida política del país cuando los manuales protocolares sean actualizados para mencionar a quienes los sustituyeron, y de eso saben mucho los políticos y los militares que reciben lisonjas mientras tienen el poder y hasta el día que les toca entregar el poder a sus sucesores.

Menos Carujo y más Vargas

Lo verdaderamente lamentable es que a estas alturas luego de tanto desacierto socialista, las propuestas del sector opositor es que ellos si representan al socialismo real, con lo cual demuestra que ni siquiera tienen idea de que es lo que proponen como solución a este esperpento que nos ha desgobernado por más de tres lustros.
Cuando se aspira que frente al autoritarismo se tenga más participación y que de cara al despotismo poco instruido haya más ilustración, se necesitan que surjan hombres justos como Vargas ante la proliferación de los “Carujos” de la revolución bolivariana y que frente a los diputados saltimbanquis que trepidan por las bravuconadas de militares de poca monta salgan nuevos émulos de Fermín Toro que prefieran la muerte antes que la prostitución practicada por algunos opositores, mientras tenemos que descubrir a tantos Judas Iscariote que, ocultos tras una mantilla opositora, son más y peor de lo que ya nos tocó vivir.

Llueve… pero escampa

jueves, 26 de marzo de 2015

Se dañó la lavadora en casa

Miguel Yilales
@yilales
Si algo hay que agradecerle a estos 16 años de involución social y económica es que sensibilizó a un amplio sector de la población venezolana a interesarse en la política, lo cual resulta paradójico porque llegaron al poder montados sobres las grupas del potro indomable de la antipolítica para luego convertirse en un verdadero animal, y no lo digo con sentido peyorativo, político.
Era común oír a finales del siglo pasado que hacer política era cosa de flojos y corruptos, vividores del Estado, gorrones y rémoras que no aportaban nada, además que había que desaparecer los partidos, la representación equitativa y lo individual para inventar algo nuevo, lo funesto es que el invento terminó en un desastre que calcó y maximizó los vicios que aspiraba destruir.
Una de las cosas que prometió este bártulo ideológico que nos desgobierna era que iba a terminar con la insolvencia moral, la escasez de principios y la falta de valores.
Es que a pesar de lo que se ha dicho y escrito en los últimos 50 años sobre la esfera de lo público y lo privado, de cómo esas áreas tienen sus límites y alcances para la vida de los seres humanos, hay quienes creen que eso de solucionar las cosas a lo interno de su entorno es lo más saludable, como lo hicieron en su tiempo (y aun lo hacen) las mafias.

Mafias con partidos o partidos mafiosos

Cuando Lucky Luciano escogió a Cuba para el negocio de las drogas y su socio Mayer Lansky organizó un colosal imperio para el lavado de dinero ilegal, el procesamiento de diamantes y oro llegados de contrabando, nunca se imaginó que 60 años después la mancebía fuese regentada por unos hermanos con iguales mañas para ocultar, mentir, engañar y embaucar con lo público y lo privado de sus ejecutorias.
No importa si el grupo es la mafia rusa, la Tríada china o los Yakuza japoneses todos creen que el secreto y su forma de vida sustentada en el fraude, la estafa, el robo y la violencia, son temas no tan sucios que solo deben ser tratados por “la familia” que los solucionará a lo interno.
Y eso está bien para una organización criminal que se cree una familia, pero es funesto para una sociedad cuando los partidos políticos empiezan a comportarse como un hatajo de cómplices a los que solo les importa encubrirse unos a otros.
Dicen que los políticos, como los artistas, tienen una vida pública y otra privada. Es más hay quienes creen que los políticos debieran no solo tener vida pública (su desempeño ante la sociedad), vida privada (su desempeño con su familia) sino también una vida secreta (su desempeño con los secretos de Estado), aunque en estas latitudes bananeras, lo digo porque la fruta se da con mucha facilidad, se confunda una con la otra y se terminen comportando como verdaderos capos.
Recuerdo que hace muchos años un dirigente de un prístino y albo partido amenazó a tirios y troyanos con llevarlos al cadalso de la opinión pública con una lista en la que aparecían, con pelos y señales, todos los que se habían enriquecido del erario nacional. Hizo toda una alharaca para nunca llegar a publicar la temida lista y terminó más bien llevándosela in pectore a la tumba, con lo cual no honró el lema de su campaña que lo tildaba de correcto.

Los trapos sucios

Lamentablemente esa ha sido la práctica de los partidos en Venezuela. Una guarida donde no se puede denunciar a alguien porque nadie se atreve a señalar los desafueros de sus compañeros, camaradas, compatriotas o llámense como se llamen.
Si alguien sale a revelar sobre cómo vulgarmente se ha enriquecido algún miembro del partido en el poder, bien sea el capitán Vuitton, el teniente-capitán o el reposero obrero, saldrá quien diga que ese es un asunto que se resolverá con los mecanismos internos del partido, que está dirigido por ellos mismos y que, a la postre, no remediará nada.
Pero sí le da por criticar algunas formas poco democráticas, cuestionar negocios mil millonarios del suegro de un dirigente o la eterna espera del momento oportuno, se le acusará de hacerle el juego y colaborar con el régimen, a pesar que los verdaderos colaboradores tienen sus cuentas, y no en las redes sociales, bien abultadas.
Hasta que no entendamos que para cambiar debemos sanear lo que está mal y que eso de lavar los trapos sucios en casa es viable en la mafia pero no en la política, seguiremos debatiéndonos entre escoger a pillos, corruptos y delincuentes y no entre los más aptos, honestos y capaces de uno u otro bandos.

Llueve… pero escampa

jueves, 19 de marzo de 2015

Esa carta desgraciada

Miguel Yilales
@yilales
El venezolano tiene una memoria muy corta. Basta que pasen días y quizás meses de un acontecimiento para empezar a imaginarlo como uno quisiera que fuese y no como realmente ocurrió.
Tan es así que en los últimos años la casta gobernante ha destruido la historia del país y armado una, a su conveniencia, y ya se escuchan quienes la repiten como loros y cotorras.
Es por eso que recurrir a los epistolarios son una forma más fidedigna para reconstruir de primera fuente testimonial una época, un período y un momento histórico. Son en primer término una autobiografía que puede leerse como si fueran verdaderas memorias.
Todo carteo es integral y en él de seguro encontraremos cualquier tipo de epístolas: las cortas y frías usadas para meros trámites y las largas e intensas, enviadas a los amigos en tono cálido y confidencial.
Desde Flaubert hasta Tolstoi, desde Thomas Mann hasta Tolkien, sin olvidar la correspondencia medieval o la renacentista, las cartas no sólo reflejan una intimidad personal, sino que constituyen también la historia de una época.

“Por su obra lo conoceréis”

Al final del Sermón de la Montaña, según relata Mateo, a Jesús de Nazaret le preguntaron como reconocerían a sus verdaderos discípulos y, por tanto, a los verdaderos profetas. Para Él estaba claro: las obras, los hechos, las actuaciones concretas… Es decir, que no se trataba de palabras grandilocuentes, ni de figuras que nos atrajesen por su verborrea o por una apariencia deslumbrante, sino que el criterio de verificación deberían ser sus obras, porque a los árboles se les conoce por sus frutos.
Esa es la razón por la que si deseamos profundizar sobre Simón Bolívar, es mandatorio consultar los 54 tomos de documentos originales, que compiló O’Leary en sus memorias: discursos, proclamas y cartas escritas de puño y letra del Libertador.
Pero si alguien cree que eso era porque en el siglo XIX, no tenían más nada que hacer, estaríamos blasfemando en especial porque Bolívar dedicó sus años a la política, la libertad, la juerga, el amor y tuvo tiempo para dejar obra escrita.
Igual ocurrió en el siglo XX con un venezolano que no tuvo bienes de fortuna pero legó, a los interesados por comprender y evaluar su gestión de hombre público, un archivo de 40 mil documentos escritos entre 1917 y 1981. En la fundación Rómulo Betancourt reposan libros, folletos, discursos, conferencias, mensajes, epistolario, prólogos, artículos de prensa, editoriales y hasta grabaciones de lo que dijo y escribió Betancourt.
Todo esto viene a cuento porque recientemente a la caterva militarista que dice gobernar en Venezuela, le dio por estudiar el “pensamiento” de su líder máximo y lo que encontró fue un pasquín de anécdotas, miles y miles de horas de videos sin ilación discursiva, un mezclote de palabras, citas, prólogos y epílogos de libros supuestamente leídos.

Escribe, que algo queda

Kotepa Delgado mantuvo por muchísimos años una columna en el diario El Nacional, que se llamaba “Escribe, que algo queda”. Según decía, este periodista venezolano, su idea era que se debía escribir sobre cualquier cosa para dejar algo a las generaciones futuras.
Debe ser por eso que el cabecilla secundario, digo porque líder solo hay uno, esta semana le entró por solventar toda la crisis venezolana a punta de cartas.
En sendas epístolas, una a los norteamericanos y otra a los ciudadanos del mundo, dejó claro que Chávez estaba equivocado porque el malo no era George W. Bush sino Barack Obama; que a él le gusta tanto Mickey Mouse, el hot dog, las hamburguesas y todo lo que represente el estilo de vida americano como a cualquier boliburgués; y que comparte los ideales de los “Padres Fundadores” no de Venezuela, ni del Chavismo sino del propio imperio, ahora no tan maluco.
De nada valieron los ejercicios de defensa para la televisión, con misiles amarrados con mecates, tanques hundidos y desembarcos fallidos en la Bahía de Turiamo, porque esta carta desgraciada, puño y letra (y no de una amada), mostraba la soledad del desamor que plasmaron Gualberto Ibarreto y Enrique Hidalgo en la canción “La carta de soledad”.
Ojalá la oposición venezolana tuviese claridad para leer (entre líneas) la carta que ayer le dio soledad a Nicolás y entendiera que la única forma de lograr resultados con estos revolucionarios es presionándolos con los pocos resquicios que dejan, para así llegar al objetivo de reconstruir el país sin los obstáculos que ellos representan.

Llueve… pero escampa

jueves, 12 de marzo de 2015

Delincuentes y criminales

Miguel Yilales
@yilales
Cuando a la madre de algún azote de barrio, que ha aparecido ultimado, le preguntan cómo era su hijo, lo primero que aflora es el sentimiento materno que la hace exculpar de todos los males al occiso.
Ese sentimiento es perfectamente válido cuando de la relación filial se trata, pero desdeñable si la usan los Estados como excusa para proteger a los funcionarios pillados infraganti o por lo menos con el tufillo que los hace parecer al menos responsables de algún hecho.
En Venezuela desde hace algún tiempo, 16 años para ser más exactos, solo se acusan a aquellos que tengan un pensamiento distinto y crítico al dogma revolucionario.
Tan es así que sí Hannibal Lecter, ese personaje de ficción que interpretase Anthony Hopkins en la película “El Silencio de los inocentes”, hubiese militado en el partido del régimen gobernante o se hubiese puesto una franela roja lo habrían exculpado de todos los asesinatos y del canibalismo cometido y, por supuesto, que la agente Clarice Starling (Jodie Foster) estaría en Ramo Verde por conspirar y tratar de llevar tras las rejas a la reencarnación del Santo Niño de Atocha.

Delincuentes de cuello rojo

En nuestra historia reciente hay personajes tan sociópatas, siniestros, infaustos y fatales como el erudito psiquiatra Lecter. De esos actores secundarios del régimen podríamos extraer a un embajador que en su afán de parecer inteligente usa su lenguaje sibilino y mordaz para descalificar a quienes piensan distinto a él, quizás para ocultar que otrora fue parte del stablisment gobernante: adeco, copeyano y anticomunista, para terminar adosado a las gónadas de un militar castrocomunista.
Resulta que para el embajador de Venezuela ante la Organización de Estados Americanos (OEA), cuando un proyectil impacta la cabeza de un opositor “pasa rápido y suena hueco”, con lo cual uno no sabría si lo sabe porque experimentó con disidentes al régimen como hacían los nazis o es un cuento que oyó de los verdugos del régimen.
Las declaraciones de esa crápula, quien no merece ser nombrado, surgen en medio de las primeras acciones concretas del gobierno de los Estados Unidos contra un grupo de funcionarios venezolanos que están incursos en violaciones a los derechos humanos y en enriquecimiento de dudosa proveniencia.
Claro está que la casta gobernante decidió cerrar filas alrededor de los presuntos implicados, sin mostrar una sola prueba de su inocencia más allá de su filiación partidista, y salir a gritar a los cuatro vientos que no tolerarían injerencias (asumo que se referían a las que no fuesen cubanas o chinas) en los asuntos internos venezolanos.
Lo que hubiésemos esperado los venezolanos es que unos ciudadanos ejemplares como son esa pléyade de rectitud que rige los destinos policiales, militares y ciudadanos del país, si a las loas de heredero presidencial nos atenemos, es que se demostraran que las acusaciones del imperio eran infundadas porque: por una parte no poseen bienes de fortuna más allá de los pocos adquiridos con su sueldo de funcionarios; que además están invertidas en bolívares como corresponde a alguien que cree en el futuro revolucionario y socialista del país y que nunca han violado los derechos humanos y menos permitido tal exabrupto.

El ser y el deber ser

Quienes se han rasgados las vestiduras para hacer creer que defienden los ideales socialistas, han demostrado con sus actuaciones y estilos de vida que podrían ser protagonistas de aquellas series norteamericanas que transmitían en los años 70: Dinastía y Falcon Crest.
Lo único malo es que a todos ellos se les olvida que serán útiles mientras sean útiles, y si no lo creen que se vean en el espejo de un exministro, quien a pesar de restituir en el poder al héroe del museo militar, terminó tras las rejas sin importar su juramento ante el Samán de Güere.
Mientras todo eso transcurre los militares, las milicias y, porque no, los grupos armados irregulares, que mientan colectivos, se preparan para demostrar su apresto operacional ante un inminente ataque norteamericano que solo existe en la calenturienta cabeza de quien jamás ha oído un disparo en combate, a menos que consideremos como tal la emboscada de Puente Llaguno.
Estamos ante quienes solo les interesa permanecer en el poder y son capaces de inventar enemigos y ataques para generar solidaridades inmediatas sin importar sí se les adosan delincuentes y criminales con tal que sirvan a este adefesio de revolución.

Llueve… pero escampa

jueves, 5 de marzo de 2015

El consenso es ¿la salida?

Miguel Yilales
@yilales
Desde hace un tiempo escribir, hablar y, sobre todo, opinar se ha vuelto una especie de espada de Damocles para quienes dicen algo incómodo.
Sí lo haces contra quienes ejercen funciones de gobierno te catalogan desde resentido, capitalista, pro yanqui hasta traidor, espía o simplemente una escoria social que debe ser exterminada; sí es en contra de los que dicen oponerse al gobierno te cae un chaparrón de insultos como si de otro diluvio universal se tratase; pero sí dices que ninguno de los dos tiene la razón y que pueden haber otras vías, salen los gobierneros y su álter ego a decir que tu aspiras la anarquía, que promueves un pinochetazo o peor aun que eres un rufián al que le deben eliminar la nacionalidad por osar cuestionar a los ungidos divinos.
Siempre he defendido aquella máxima que reza que la mujer del César no solo debe serlo, sino que debe parecerlo, es como si usted buscara ayuda espiritual y le tocase hablar con un presbítero, un pastor, un rabino, un imán o un monje que le haya dado por colocarse unos implantes subcutáneos en forma de cuernos.
Bueno eso es lo que pasa todos los días en nuestra querida Venezuela, en la que conseguimos en distintas aceras personas que no creen en la democracia, pero que deliberan sobre ella como si fuesen Clístenes, Sócrates, Platón y Aristóteles, y digo que no creen en ella porque actúan en sentido contrario a sus principios.

Baluartes de la democracia

Desde que llegó la revolución que duraría hasta el dos mil siempre, como la que duraría mil años pero que llegó hasta que el líder supremo pasó el páramo en su bunker de Berlín, hasta nuestros días se ha creado en el imaginario colectivo que somos el país más democrático del mundo porque hacemos elecciones.
Así tenemos que en 16 años hemos tenido comicios para alcaldes, gobernadores, presidentes, concejales y diputados; plebiscitos revocatorios y abrogatorios; elecciones anuales, interanuales, cuatrienales, quinquenales, sexenales y eternales, porque hay quienes se eligen para siempre y por siempre, hasta sendas elecciones en el mismo año para cargos similares porque Donald Trump (Miss Universo) y Julia Morley (Miss Mundo) así lo decidieron y el Zar de la Belleza (que nadie eligió) así los complació.
Sin embargo que se hagan elecciones no significa que se transite el camino democrático. Existen países que se autodenominan demócratas porque cuentan los votos en procesos que no son libres, ni justos; los votantes no tienen garantizada su seguridad; existe ventajismo de quien ejerce el poder y se implementan sistemas que siempre dejan un mal sabor fraudulento, y aunque usted crea que describo a Venezuela, no es así.
Es por ello que en nuestro país se quiere enarbolar la bandera de la democracia aunque se reniegue de ella, porque es más fácil seguir el ejemplo de esos baluartes de la verdadera democracia del mundo que son Cuba, Corea del Norte, Vietnam, Irán y Myanmar.

Consenso mata primarias

Fíjense que frente a la falange del gobierno hay una alternativa, aunque por sus formas de actuar el PSUV le puede dedicar la canción del Divo de Juárez “Te pareces tanto a mí”, que ha cuestionado cualquier intento distinto a lo electoral catalogándolo de aventurero, irracional, pendenciero y un atajo, pero que al momento de demostrar cómo hacer las cosas a lo interno democrática, pacífica y electoralmente se decantan por el método del dedo, que ahora denominan, el consenso.
Uno podría preguntarse si ese método es tan eficaz y demuestra como hacen política los verdaderos políticos, además de ahorrar recursos económicos en un país asfixiado por la inflación, la caída de los precios del petróleo, la falta de inversión en el aparato productivo y con un desabastecimiento brutal ¿por qué no llegan a un consenso con los candidatos del PSUV y nos ahorran el trauma, tiempo y dinero que generan unas elecciones?
La otra duda que me abruma es ¿por qué los líderes nacionales de los partidos políticos serán postulados (Torrealba dixit) en los circuitos del estado Miranda y no en otros para roncarle en la cueva a los candidatos fuertes del chavomadudiosdadismo?
Es que hay quienes claman por el camino electoral, constitucional, pacífico y democrático para escoger a los diputados a la Asamblea Nacional, pero aplican “la salida” del consenso para que no se cuestione sus “liderazgos”, y creo que por esa vía vamos en bajada, sin frenos y con un pavimento que no se seca así escampe.

Llueve… pero escampa