jueves, 18 de julio de 2013

Entre bodas y bolas

Miguel Yilales
@yilales
Cada país, como cada cultura, tiene su forma de celebrar los eventos importantes en la vida. Venezuela no es la excepción. En este país, la palabra boda significa guateque, bochinche y rumba. Es toda una planificación desde el momento en que una pareja anuncia su compromiso hasta que llega el gran día. Tan bueno debe ser que hasta hay quienes reinciden no una, sino varias veces.
Desde que Antonio Guzmán Blanco estableció el 1 de enero de 1873 el matrimonio civil en Venezuela, este tiene preeminencia sobre el vínculo sacramental. A partir de ese momento, el matrimonio civil debe realizarse antes que el matrimonio eclesiástico.
Hasta el propio presidente en ejercicio, Guzmán Blanco, legalizó su matrimonio eclesiástico, casándose civilmente con Ana Teresa Ibarra el 14 de febrero de ese mismo año, para dar el ejemplo en el cumplimiento de la Ley.
Entre la duda y la incertidumbre
Nuestro Código Civil prevé, en su artículo 69, los requisitos para contraer nupcias, entre los que destacan la elaboración de un expediente que contenga el acta de esponsales, la fijación de los carteles y la copia de las partidas de nacimiento de los contrayentes.
Sin embargo, el artículo 70 exime de presentar los documentos indicados en el artículo anterior, cuando los contrayentes deseen legalizar la unión de hecho en que hayan estado viviendo.
Y es precisamente ese el artilugio que fue usado por la “primera combatienta” y el “primer mandante” para no consignar los documentos necesarios ante la autoridad civil que legalizó la unión.
En un país en el que está en duda los orígenes de Nicolás Maduro, esta hubiese sido una oportunidad de oro para aclarar las dudas, que maliciosamente ha venido tejiendo la oposición venezolana, en torno al lugar de nacimiento del presidente en ejercicio, cuya elección sería írrita si no es venezolano. Una nueva violación constitucional de la que no debemos preocuparnos, según el Secretario Ejecutivo de la MUD, Ramón Guillermo Aveledo.
Cuando los calumniadores de Carlos Andrés Pérez querían atacarlo siempre alegaban que este no había nacido en Vega de la Pipa, en la jurisdicción de Rubio en el estado Táchira y que por el contrario era originario de Cúcuta, Colombia. A quienes les tocaba defenderlo mostraban la partida de nacimiento que despejaba las dudas formales.
En estos tiempos, Nicolás Maduro, no trata de aclarar sus orígenes, sino que contribuye a ocultar y a manipular la información. Un día dice que sus inicios están en Los Chaguaramos, pero sin presentar prueba de ello; en la iglesia donde dice que lo bautizaron no hay registro de sus datos y en sus esponsales, por demás muy secretos, se acogió a la legalización del concubinato para evitar consignar cualquier documento.
Es que es más fácil alimentar las bolas que salirle al paso, como ocurriría en cualquier país del mundo que no tutelen los Castro.
Boda Sensacional
Lo realmente raro en todo esto, es que siendo la fiesta una de las partes favoritas de los venezolanos cuando se habla de boda, no se llevó a cabo o por lo menos se mantuvo en la estricta intimidad. Es injusto que, los primeros pantalleros de la nación, y me refiero a eso por el número de horas, minutos y segundos que han dedicado a exponer su vida ante las pantallas televisivas, hayan privado a “su pueblo” de ver la Boda Sensacional en cadena nacional, narrada por Winston Vallenilla, con grito de familia incluido.
Uno se habría imaginado hasta alfombra roja para recibir a los contertulios invitados al ágape, con paseo en carro descapotado y lanzamiento del primer buoquet nacional desde el Balcón del Pueblo.
Lo que sí no hubiese pasado en este himeneo, era aquella escena bíblica que describiese Juan, sobre las Bodas de Canaán, en el que Jesús al escasear el caldo de vid debió convertir seis tinajas de agua en un vino de gran calidad. De seguro el “hijo” del Comandante Supremo habría recurrido a los milagros de Merentes para importar las especies a libar a dólares preferenciales y decir que el intercesor ante Dios para el nombramiento de un Papa americano también le había hecho a él un milagrito.
Mientras tanto, Nicolás y Cilia, hablan de Luna de Miel recorriendo el país con los recursos financieros del Estado, en un supuesto gobierno de calle, que hasta los momentos solo tiene para mostrar la más alta inflación del mundo, la mayor inseguridad de América y el gobierno más ineficiente que pueda registrar la historia venezolana.

Llueve… pero escampa

miércoles, 10 de julio de 2013

FAN: ¿Leales? ¿A quién?

Miguel Yilales
@yilales
Muchas personas claman por la intervención de las Fuerza Armada para la solución de sus problemas. Desde lo doméstico, para el que cuentan con un amigo en la Guardia Nacional, hasta para los grandes temas de la nación.
Cada vez que hay una situación política grave, una de las primeras expresiones que surgen es “…y los militares no van a hacer nada”.
Hay otros más conocedores del tema, que pontifican cual debe ser la actitud correcta de actuar de los integrantes de los militares que por ley tienen el monopolio legal de las armas (porque el ilegal está en manos de pranes, que no existen (Iris Valera dixit) pero gobiernan desde las cárceles), y le exigen pongan en orden al gobierno, que en otras palabras es: depongan al gobierno.
Cuando Augusto Pinochet, por clamor de las fuerzas vivas de Chile, derrocó a Salvador Allende, lo hizo por amor a la patria y por ser el único capaz de salvar la república de las manos ignominiosas que habían llegado al poder por el voto popular. Esta suerte de redentor no abandonó el poder sino 17 años después ¿Y es que esos no fueron los argumentos usados por esa suerte de mesías criollo, que se “sacrificó” con un golpe contra el Estado al que había jurado defender, por ser el ungido de los libertadores, garante de los ideales bolivarianos y heredero del último hombre a caballo?
Lealtad no es patriotismo
Cuando revisamos la historia de la fuerza armada venezolana, que no nació en el siglo XIX, como ellos mismos creen, que no son herederas de glorias patrias, ni forjadoras de libertades, porque surgen de la mano férrea de uno de los gobernantes más déspotas que conoció nuestra historia, Juan Vicente Gómez, nos encontramos que siempre han guardado fidelidad al gobierno de turno.
La salida intempestiva de Marcos Pérez Jiménez, estuvo precedida por algunos movimientos insurreccionales, pero no fue ni por asomo una rebelión cívico militar como algunos pretenden hacer ver.
Ante los hechos de El Porteñazo y de El Carupanazo, las Fuerzas Armadas mayoritariamente actuaron de la mano del gobierno, así como también lo hicieron cuando la verdadera “planta insolente” de barbudos milicianos cubanos pretendió invadirnos.
Hay quienes piensan que la lealtad es patriotismo y tratan de representarlo a través de cánticos. Hay patriotas que pueden tener lealtad, pero no en todos los casos los leales son patriotas.
Y es que algunos patriotas, terminan convertidos en chauvinistas, como el inefable personaje de la comedia La cocarde tricolore de los hermanos Cogniard, en donde el actor con el nombre de Chauvin, personificaba un patriotismo exagerado con la manía de culpar de los males propios a otros países, regiones, pueblos y razas.
Sobre mi caballo yo, sobre yo…
No existe acuerdo entre los filósofos sobre a que cosas o ideas es que se puede ser leal. Algunos creen que se puede ser leal a un espectro amplio de cosas, mientras otros arguyen que solo se puede ser leal a otra persona.
La Encyclopædia Britannica define la lealtad como la “adhesión al soberano o gobierno establecido del país de uno” y también como “devoción personal y reverencia al soberano y a la familia real” ¿Entonces porque extrañarnos de la actitud de una Fuerza Armada Bolivariana, Socialista, Chavista y Antiimperialista?
Cuando una fuerza armada, cuyo fin ulterior es prepararse para la guerra, se cree el garante de la República, se comprueba que distamos de ser un Estado. Cuando los ciudadanos reclaman y exigen que sean los militares los que restituyan el orden constitucional, contra un gobierno presidido o tutelado por los mismos militares, se demuestra que distamos de ser una sociedad de ciudadanos.
Lo que los venezolanos hagamos por salvar la institucionalidad y la República, por regresar a la senda de la democracia, el desarrollo y el progreso, es nuestra responsabilidad, no podemos esperar, por una fuerza armada que se encuentra en la comodidad de las mieles del poder, leal a sus propios intereses.
Ellos van tras un caudillo: Il Duce o el Führer, en ambos casos traducibles como guía o conductor; siguieron a Mao «el Gran Timonel»; respaldaron a Ceauşescu el «Conducător»; amaron a Kim Il Sung «Gran Líder» y a su hijo, Kim Jong-il, el «Querido Líder» y en Venezuela elevan a los altares de la patria al «Líder Supremo de la Revolución». Mientras los ciudadanos no actuemos, la FAN le será fiel a quien le garantice su mejor vivir y la República que espere el sueño de los justos.

Llueve… pero escampa

jueves, 4 de julio de 2013

El camino es la contra rebelión

Miguel Yilales
@yilales
Al entrar a la Ciudad Eterna empiezan a confluir una serie de pasiones y emociones indescriptibles. Esta metrópolis fue el corazón de una de las más importantes civilizaciones antiguas; fue capital del Imperio romano y extendió sus dominios sobre toda la cuenca del Mediterráneo.
Para poder comunicarse los romanos llenaron de vías su territorio, ya que para ellos era vital que las legiones romanas llegaran hasta los confines de su espacio e hicieron que los caminos fuesen y viniesen a Roma. Desde esa época se dice que “todos los caminos conducen a Roma”, y si bien es cierto que la expresión comenzó a usarse literalmente, luego devino en lo que es su uso actual que al “final siempre se hallará un camino”.
A pesar que en Venezuela, durante años, nos habíamos quejado porque hasta para hacer un simple trámite había que viajar a Caracas, hemos llegado al punto que si bien hay muchos caminos, y no me refiero a los físicos, estos están llenos de obstáculos, piedras, deslizamientos, derrumbes y huecos, que impiden llegar al centro del poder político del país y, peor aún, al poder político mismo.

Major, Napoléon y Snowball

Y es que para llegar al poder político se hace necesario un sentido político a las acciones que se acometen, un líder y una sociedad dispuesta a seguirlo.
Cuando una persona tiene la capacidad de tomar la iniciativa, gestionar, convocar, promover, incentivar, motivar y usa las habilidades propias para influir en la forma de ser de las personas, haciendo que logren las metas y objetivos propuestos, decimos que estamos frente a un líder.
En la Venezuela del siglo XXI se nos hace más cuesta arriba encontrar esas características en los actores políticos. Puede verlos en las empresas, en las organizaciones, en las asociaciones, pero no en quienes están llamados a ejercerlo por el bien público.
Hay líderes que no entienden su responsabilidad ante la sociedad y prefieren actuar como aquel viejo cerdo Major que rebela a los animales en Manor Farm, para que por su propia mano administren y manejen sus asuntos, partiendo de la premisa de la igualdad. 
Major nunca se imaginó que la muerte lo alcanzaría y que serían sus herederos, Napoleon y Snowball, los que ejecutarían sus ideales.
Inmediatamente surgen las rivalidades entre Napoleón y Snowball. Napoleon quiere hacerse cargo de todo mientras que Snowball construir un molino de viento. Para hacerse obedecer Napoleón emplea a unos perros feroces y enormes, que robó cuando eran cachorros y que van a constituirse en una suerte de fuerza militar.
Los cerdos se aprovechan de los otros animales y rompen todas las reglas que hicieron después de la Rebelión. Todo lo destruyen. La vida en la granja cada día empeora más y los animales se olvidan del sueño original del comandante supremo de la rebelión.
Quien es Major, Napoleon y Snowball en esta nuestra Tierra de Gracia lo dejo a mis ávidos lectores

A poner las cosas en su lugar

Está sátira política, magistralmente escrita por el periodista y dramaturgo Eric Arthur Blair, bajo el seudónimo de George Orwell, es una crítica a la Revolución Rusa. La novela muestra como todas las revoluciones pueden comenzar con ideas admirables, pero se corrompen fácilmente, porque quienes obtienen el poder se pervierten por el poder mismo y resultan iguales o peores que las personas contra las que lucharon en un principio.
Es que hay mucho farsante, embustero y embaucador que se cree líder, y son incapaces de revisar su comportamiento y mucho menos de actuar coherentemente.
Hay quienes asumen el liderazgo y dejan a sus liderados a la buena de Dios para que sean ellos los que tomen las decisiones en la granja, la defiendan o se sacrifiquen por ella, todo para evitar que le endilguen el remoquete de golpista o no sean enjuiciados por la justicia revolucionaria.
Hay otros que soberanamente deciden declararse en desacato ante las decisiones espurias de un sistema judicial viciado, parcializado y entregado, pero inmediatamente salen los líderes a pedir permiso a uno de los perros de Napoleon para protestar pacíficamente en la calle.
Los obstáculos que imponen desde el gobierno y las torpezas para flanquearlos desde la oposición, demuestra que aun nos falta entender que ante “La rebelión en la granja” lo único que opera es una contra rebelión que ponga cada cosa y a cada actor en su lugar. 
Sabemos que todos los caminos no conducen a Caracas, pero tenemos que emprender uno que sí nos lleve.
Llueve… pero escampa

miércoles, 26 de junio de 2013

Golpe a Golpe

Miguel Yilales
@yilales
El ser humano, según su conciencia, siempre ha tratado de catalogar las cosas en dos columnas: lo que es bueno o malo, recto o torcido, conveniente o inconveniente.
Estas clasificaciones son, a fin de cuentas, las que le van a permitir sustentar la toma decisiones o emisión de juicios críticos. Y es precisamente desde ese estadio que las normas morales fijan las relaciones de conveniencia o disconformidad entre los principios y los hechos.
En nuestro país muchas veces tratamos de torcer esas normas morales para justificar lo injustificable. De ahí que para algunos el intento de golpe de estado contra Carlos Andrés Pérez era necesario y correcto, a pesar de solo tener dos logros en sus alforjas: la rendición de quienes comandaban y el asesinato de inocentes, y para esos mismos expertos en golpes de Estado cualquier comentario o crítica al ejercicio del poder de Nicolás Maduro debe ser tildado como “acciones que buscan desestabilizar” y en consecuencia son un “golpe de estado malévolo”.

Ni buenos, ni malos

Hablar de golpe de estado en Venezuela es casi tan popular como el béisbol. Todos tienen un amigo, un conocido, un conocido de un conocido, la cuñada del primo del hermano de la muchacha que limpia en la casa que conoce a alguien que ha escuchado ruidos de sables.
Lo que sí es cierto que los golpes de estado no son buenos, ni malos, son simplemente golpes de estado.
El concepto de golpe de Estado (coup d'État) comenzó a ser empleado en Francia en el siglo XVII, para referirse a las medidas violentas y repentinas tomadas por el Rey, sin respetar la legislación ni las normas morales, generalmente para deshacerse de sus enemigos o cuando consideraba que eran necesarias para mantener la seguridad o el bien común.
Desde ese concepto original hasta nuestros días las cosas han cambiado. En 1930 el periodista Curzio Malaparte Falconi plasmó es su libro Tecnica del colpo di Stato, basado en el análisis crítico de las acciones del fascismo y el nazismo, que los golpes de Estado no eran solo una operación ejecutada por integrantes del Estado, sino también por civiles, que mediante la desestabilización a través de acciones sociales, provocan la caída del gobierno.
En Venezuela vivimos en un constante coup d'État, ya que quienes ejercen el poder violan las leyes, las normas morales y hasta se eliminan a los adversarios políticos (a quienes en realidad consideran enemigos), por razones que para ellos y solo para ellos son el bien común: mantenerse en el poder.
En un sistema político democrático, pluralista y alternativo los golpes de estado no son necesarios porque los ciudadanos cuentan con mecanismos para defenderse del gobierno. Pero nuestro sistema dejó de ser democrático, pluralista y alternativo con la llegada al poder de los golpistas de antaño.

Protestar es un derecho

Los ciudadanos tenemos en nuestras manos un poder fáctico que podemos y debemos ejercer, si nos organizamos y actuamos, para contrarrestar esos constantes golpes de Estado desde el poder: la protesta.
La protesta ciudadana es el catalizador de un nuevo movimiento social, indefinido ideológicamente, pero radicalmente político en su esencia, si se entiende esa esencia como la indefensión en que se encuentran los ciudadanos ante el omnipotente poder político.
Y es que en el fondo de la protesta ciudadana late un magma que reconoce, por encima de cualquier otra, como válida y legítima lo que Tomás de Aquino en su Summa Theologiae concebía como “la ordenación de la razón dirigida al bien común”: el imperio de la Ley. Si la ley es ultrajada, hay que restituirla.
Por eso es que resulta difícil entender a quienes están llamados a liderar a esa sociedad, escondidos en falsos artilugios politiqueros o con miedos a decir y a hacer, dejando que sean otros (llámense estudiantes, profesores, periodistas, entre otros) los que marquen la pauta de la protesta.
Si en el año 2000 Alejandro Toledo no hubiese sido firme en las protestas contra el régimen fujimorista, seguramente no hubiera alcanzado el poder y su predecesor, Alberto Fujimori, no se encontraría tras las rejas, acompañado de su esbirro: Vladimiro Montesinos.
Hay políticos que creen que una sociedad combativa sería la muerte de la política y, consecuentemente, la desaparición de los políticos y de su valioso patrimonio: el poder, cuando en realidad es desde esa sociedad que pueden surgir los cambios anhelados y la restitución del verdadero poder soberano.
Llueve… pero escampa

miércoles, 19 de junio de 2013

Emanciparse es el camino a la libertad

Miguel Yilales
@yilales
Desde que somos niños vemos a nuestros padres, no por lo que son sino por lo que creemos que son. En un principio nos corrigen y aceptamos su punto de vista sin protestar, nos regañan y aceptamos, a veces no de tan buen gusto, sus puntos de vista. Luego la relación va a cambiar.
Se sabe que los padres aman a sus hijos y que aspiran lo mejor para ellos, y a pesar de esto el ser humano siempre procura emanciparse. Así hablamos de la emancipación del hombre, de los estados, de la corona española, de nuestros padres.
Se creía que el hombre, entre los 15 y los 18 años, llegaba a ese instante, pero con el transcurrir del tiempo ese momentum ha ido cambiando. 
Tal vez por causas económicas, sociales, culturales o por todas de ellas, se ha ralentizado el proceso en el que un menor de edad deja de depender de sus padres o tutores y, por lo tanto, tardíamente se hace consciente de los derechos y facultades civiles que conlleva la mayoría de edad.
Así como ocurre con las personas, también sucede con algunas sociedades, que tardíamente se dan cuenta de la necesidad de independizarse.

Padres castradores, Estado castrador

Cuando los ciudadanos lejos de emanciparse a través de su participación política terminan convertidos en eternos dependientes del gobierno, que actúa como los padres castradores y en este caso, de manera análoga, como un estado castrador, tenemos que preocuparnos.
En el caso de los padres el problema se suscita cuando estos no entienden que su rol no les da derecho a esterilizar psicológicamente a sus hijos al grado de no permitirles crecer y desarrollarse adecuadamente como personas.
En las sociedades los síntomas son aun peores porque no se trata solo de la castración psicológica sino de la construcción de sociedades de eunucos, que actúen como zombis, esa especie de muertos resucitados por las prácticas vudú y convertidos en esclavos del hechicero que lo devolvió a la vida (cambié muertos por “pobres”, vudú por “de la revolución”, esclavos por “tropas”, hechicero por “líder supremo de la revolución”, vida por “vida política” y me topé con una realidad similar a la de los gigantes que veía Don Quijote).
Esa es la actitud que asumen algunos gobiernos totalitarios, psicológicamente enfermo, de procurar por todos los medios posibles, lícitos e ilícitos, que sus ciudadanos hagan lo que al régimen le da la gana: no acepta oposición; manipula, amenaza o pide compasión, con tal que se actúe de acuerdo a su voluntad; prohíbe la expresión que suponga algo distinto a lo que, en su interés, considera bueno y correcto. Lo que busca, supuestamente, es protegerlos y cuidarlos, pero lo que logra es dejarlos en situación de permanente dependencia.

Volar es libertad

Cuando este tipo de sociedades y gobiernos pretorianos, según la descripción que hiciese Samuel Huntington, llegan al poder, pretenden ser los únicos que tomen decisiones sobre las vidas de los ciudadanos, así es como sustituyen la educación por la imposición, el convencimiento por la gavilla, el libre albedrío por la coacción manu militare.
De ahí se desprende que en vez de enseñar sobre la importancia de la lactancia materna se criminalice el uso de los biberones y las fórmulas lácteas, supuestamente, impuestas por las transnacionales; en vez de estimular el ahorro energético como medida ambiental, se imponen multas o se obliga a las ciudades a vivir en medio de un oscurantismo propio de la edad media, como solución a la incapacidad de generación eléctrica; en vez de propiciar medios de comunicación plurales se busca uniformarlos en una sola voz, bien a través de su programación, de la compra del medio o del chantaje para torcer su línea editorial, como mecanismo para imponer el pensamiento único; en vez de enseñar las bondades del trabajo se convierte en una entelequia que compra voluntades a través de las dádivas.
En suma, la “madre castradora” busca que su vástago pierda la capacidad de volar y se mantenga atado al nido. Una sociedad equilibrada que sustenta, cuida, protege y guía, pero sin considerarse dueña de sus retoños, hace como las águilas, donde el macho y la hembra, emprenden juntos la tarea de enseñar a sus aguiluchos a volar.
Necesitamos construir esa sociedad que opere dentro de un sistema democrático en equilibrio para hacer que verdaderos ciudadanos emancipados alcen el vuelo, pero para ello tenemos que romper las cadenas de este modelo de sociedad pretoriana.
Llueve… pero escampa

miércoles, 12 de junio de 2013

Reglas claras y árbitros honestos

Miguel Yilales
@yilales
Los Juegos Olímpicos Modernos, una justa mundial para reunir las distintas disciplinas deportivas en la que se propiciase la búsqueda de la perfección espiritual por medio del deporte y la higiene, ideados por el barón Pierre de Coubertin, estaban llamados a ser el acontecimiento más popular del planeta. 
En ese momento no se podía prever que esa brillante idea sería destronada en el entusiasmo planetario por un solo deporte: el fútbol.
El balompié es el deporte más extendido del mundo. En la actualidad es practicado por más de 280 millones de habitantes. Es tan multitudinario que en el organismo rector la Fédération Internationale de Football Association, conocida por su acrónimo FIFA, hay 208 asociaciones inscritas, mientras que en la ONU solo hay 193 Estados miembros.
Algunos historiadores han tratado de encontrar sus orígenes en los juegos rudimentarios que aparecen en los murales de Teotihuacán o en los manuales de ejercicios militares correspondientes a la dinastía Han de la antigua China, por los siglos III y II AC, en los que se buscaba lanzar una pelota con los pies hacia una pequeña red.
Si bien es cierto que estos juegos tenían ciertas características que se asemejan al fútbol actual, la realidad es que prácticamente no hay vinculación con el deporte que surgió, en las Islas Británicas, en el siglo XIX.

Reglas claras, juego limpio

Cuando el fútbol de carnaval, una modalidad salvaje y sin reglas de ese deporte empezó a popularizarse, los británicos entendieron que para poder glorificarlo y hacerlo una competencia a escala mundial, debían existir reglamentos claros, es decir, un código para ser seguido por todos.
Cuando se decide participar en una actividad deportiva, social, política lo primero que se hace es conocer las reglas para actuar acorde a ellas. En una sociedad estas reglas son el corpus iuris que seguimos para garantizar la convivencia.
Se actuaría con ingenuidad si se va a un campo de fútbol con reglas de béisbol  A nadie, a menos que sea un “vente-tu” sin reglas (porque hasta las caimaneras las tienen), se le ocurriría participar en un juego de fútbol en el que su rival puede agarrar el balón con las manos para meter los goles o que las faltas solo sean sancionadas a uno de los equipos.
Venezuela durante años fue considerada la cenicienta del torneo de la Confederación Suramericana de Fútbol (Conmebol) para la Copa del Mundo. Nos excusábamos con que los árbitros siempre pitaban en contra, el terreno nunca nos favorecía o que no habíamos tenido tiempo para compenetrarnos. La verdad era que no anotábamos goles y perdíamos.

Para ganar, hay que competir

En el deporte, como en la política lo esencial es que haya un equipo y un director técnico que haga su trabajo: planificar y ejecutar un plan para ganar con las normas establecidas. Y es precisamente ese el dilema en el que se encuentra la oposición política del país: hay equipo, parece que hay director técnico, pero no hay reglas claras.
Cuando los resultados electorales tienden a serle desfavorables al gobierno, su ministerio electoral, el CNE, modifica los circuitos para que con menos electores se pueda tener más representantes, oculta el registro de electores para que no sea público, modifica las auditorías para que no auditen, manipula discrecionalmente el padrón electoral para que voten extranjeros por nacionales, para que no voten los expatriados al no poder actualizar sus datos y voten hasta los muertos, cual zombis electorales, que según una de las custodias de la pulcritud del proceso, no es algo para escandalizarse.
Pero en política no podemos aplicar el sermón de Ethelbert Talbot, durante los Juegos Olímpicos de Londres en 1908, en el que planteó que lo importante no era vencer, sino participar. En política lo importante es llegar al poder, pero como en el fútbol, se requieren reglas claras y árbitros honestos.
En el fútbol y en la política de nada sirve tener un equipo y no jugar, así como tampoco funciona participar sin reglas o con un árbitro mafioso. Debemos exigir un árbitro imparcial que sancione las faltas, que garantice se juegue con las mismas reglas y que no se parcialice por uno de los equipos en liza.
Estamos a tiempo para cambiar lo que haya que cambiar y exigir contundentemente lo que nos corresponde. Los derechos son inalienables y se debe exigir su cumplimiento así nos cueste, como dijera Sir Winston Churchill, “sangre, sudor y lágrimas”.
Llueve… pero escampa

miércoles, 5 de junio de 2013

Amateurs en la política

Miguel Yilales
@yilales
Hablar de política en Venezuela le disputa el primer lugar al beisbol como deporte nacional. No hay reunión social, de trabajo e inclusive familiar en los que no surja el tema. Esto está tan arraigado en nuestros genes, que cualquiera prefiere el remoquete de analista político que el de la profesión por la que bregó en la universidad.
Es que la política es exquisita. El interés por los asuntos de la ciudad, evocando los preceptos griegos, o de los asuntos del príncipe según Maquiavelo, requiere apresto y mucha lectura, pero más que lectura, conocimiento de muchas informaciones y más que apresto, pragmatismo virtuoso en sus aplicaciones. 
En un sistema democrático se puede divergir y enfrentar sin ser considerado enemigo sino adversario. En él se tiene la posibilidad de disentir, oponerse y también de relevar pacíficamente en el poder a quien lo detenta. Esto supone reglas de leal confrontación y la conservación de la posibilidad de entendimiento. 

A lo Jalisco 

La realidad que nos ha tocado vivir en este estiradísimo inicio del siglo XXI, es que los procedimientos no están normados, no hay confrontación leal y la posibilidad de entendimiento es cada vez más remota. 
La disidencia es castigada, ya no con La Rotunda en Caracas, el Castillo El Libertador en Puerto Cabello o las Tres Torres en Barquisimeto, aquellas lúgubres cárceles gomecistas que en su momento describiera dantesca y magistralmente José Rafael Pocaterra en “Memorias de un venezolano de la decadencia”, sino con la caquexia al que son sometidos por parte de un régimen decadente, en realidad atrabiliario, carente de escrúpulos y capaz de cimbrar las voluntades, a como de lugar, de quienes disienten. 
Por esa vía compran medios de comunicaciones televisivos, emporios comunicacionales, bancos, compañías de seguros, hoteles, empresas telefónicas. Todo lo que no logran ganar, lo conquistan y sino lo arrebatan, muy al estilo Jalisco. 
Las universidades no importan, las empresas no importan, las instituciones no importan, solo interesa el poder. 
Pero a pesar de todo el abuso desplegado, todo el dinero dilapidado y todo el capital político desperdiciado, con lo único que no han podido es con la voluntad de verdaderos ciudadanos, capaces de anteponer la virtud por encima de sórdidos, roñosos y miserables vicios y miedos, que van desde la pérdida de una empresa hasta llegar a la pérdida de la dignidad por ganar un cargo público. 

Sabiduría, valor y autocontrol 

En la lógica platónica el ser humano dispone de tres virtudes: la sabiduría para identificar las acciones correctas, saber cuándo y cómo realizarlas; el valor para tomar estas acciones a pesar de las amenazas, y defender sus propios ideales y el autocontrol para interactuar con las demás personas y ante las situaciones más adversas, cuando se está realizando lo que se debe hacer, lograr los fines propios. 
Henri Philippe Benoni Omer Joseph Pétain, luego de ser héroe en la Primera Guerra Mundial se convirtió en la antítesis de la virtud. El mariscal Pétain terminó declarado culpable de realizar actividades de inteligencia con el enemigo y de alta traición, condenado a muerte (conmutada por cadena perpetua), degradado, expulsado de la Academia Francesa y en la indigencia, luego de ser confiscados sus bienes. 
Que un político, que pretendía ser burgomaestre, se excuse de sus deslices alegando haber sido engañado por otro caimán del mismo pozo, lo que demuestra cuan torcidas e invertidas están las virtudes en quienes están llamados a poseer más sabiduría, más valor y mas autocontrol. 
Nadie puede alegar su propia ineptitud, para justificar su ineficiencia y su incapacidad. Que sigan existiendo frases “a mi me engañaron”, “yo no sabía lo que pasaba”, “nadie me dijo que recibir dinero era un soborno”, lo que pone de manifiesto es que, frente a forajidos, aun existen ingenuos jugando al quehacer político. 
Si un político no puede identificar lo que es correcto, cuándo y cómo realizarlo, no es capaz de actuar a pesar de las amenazas defendiendo sus propios ideales y lograr sus objetivos ante la adversidad, es mejor que cambie de oficio. 
El poeta Virgilio Arrieta, en un tema fascinante, planteó lo que sería Venezuela sin estos rábulas politiqueros: una tierra hermosa, de la que nos sentimos orgullosos por el solo hecho de haber nacido en ella, única e irrepetible. Realmente se refiere a Lara, pero como él mismo lo dice: “Lara es una sola, como también mi país.” 
Llueve… pero escampa