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miércoles, 17 de octubre de 2018

Los genes de la maldad

Por Miguel Yilales 
@yilales
La genética es una disciplina científica seria. Desde que Mendel iniciase su estudio, sabemos que hay rasgos que se transmiten de los padres a los hijos, de los abuelos a los nietos y de generación en generación. Es tan así que en el refranero popular hay muchas menciones a las condiciones heredadas: de tal palo, tal astilla; hijo de gato, caza ratón; lo que se hereda no se hurta; la cabra siempre tira pa’l monte...
Lo cierto es que la herencia da para mucho. Incluso el humorista, caricaturista y periodista Leoncio Martínez escribió un sainete en un acto donde trataba el tema. En su obra teatral “El salto atrás”, llena de situaciones hilarantes, hablaba del horror de una familia venezolana de la época colonial, que se cree con abolengo pero ¡Oh, desgracia!... el bebé de la niña de la casa nació negrito a pesar “de que el padre es alemán y la mamá tan blanca como la nieve”. Desde esa época se comenzó a hablar del salto atrás para referirse, de forma despectiva, a las rasgos no esperados y para contrarrestar a las suegras que torturaban a las nueras con aquello de los hijos de mis hijas mis nietos son, los de mis hijos no sé si son. Es que el legado es el legado.
Incluso hay una disciplina que estudia las influencias ambientales y del comportamiento para explicar la herencia de rasgos y desórdenes del comportamiento en los humanos. Es que así como se hereda lo bueno, de seguro también se puede heredar lo malo.
Delincuentes con poder
Fíjense que hace algunos años tuvimos entre nosotros un pésimo personaje que se jactaba de ser descendiente directo de un cuatrero desalmado (Maisanta) y en consecuencia, en su actuar político y quizás por genética, desfalcó al país como un forajido de siete suelas y es posible que esa sea la causa por la que Jorge y Delcy se hayan dedicado a la misma práctica de su padre para obtener una prebenda porque desde los diferentes cargos ocupados han convalidado y justificado los raptos de Estado.
Antes de estos 20 años sabíamos que los secuestros, como el de Niehous, lo realizaban grupos irregulares y facinerosos con fines políticos o económicos pero ahora es una práctica que ejecutan los propios organismos policiales del Estado en franca violación a las más elementales normas de los derechos humanos. Cuando el régimen detiene sin orden judicial a un concejal, no lo presenta en tribunales en el lapso que corresponde, estando en custodia, por ser más peligroso que Osama Bin Laden, supuestamente se les “suicida” lanzándose de un décimo piso y el certificado de fallecimiento lo rubrica uno de esos que por la cadena de eventos de la defunción de seguro puede ser un buen camillero pero nunca un galeno, se sabe que estamos ante una desaparición forzosa de las que tanto se quejaban los que hoy están en el poder.
O si nos percatamos que un joven venezolano lo confinan 4 años, le difieren más de 56 veces la audiencia de presentación, no le permiten las visitas familiares, lo usan como mercancía de negociación y, cuando las cosas se les ponen color de hormiga, lo liberan de su cautiverio y lo expatrían como una medida de gracia sabemos que vivimos otro episodio de denegación de justicia, de ausencia de independencia de Poderes y de abuso del poder por parte de una tiranía que poco o nada le importa guardar las más mínimas apariencias.
Código genético putrefacto
Es que desde que Hugo Chávez llegó al poder y, ahora que su hijo putativo Nicolás Maduro lleva más de 5 años usufructuándolo, la delincuencia con poder ha estado a la orden del día y se han convertido en prácticas de Estado las desapariciones forzosas, los secuestros políticos, los allanamientos extrajudiciales, la violación a las derechos, la encarcelación sin juicio justo, el ruleteo judicial, las sentencias plagadas de vicios en los que la jurisprudencia del derecho, el Código Penal y la Constitución han terminado enrolladas para ser usadas como papel higiénico. Además ahora debemos sumar el destierro.
Los casos de Lorent Saleh y Fernando Albán son las últimas evidencias de que lamentablemente en Venezuela estamos en manos de secuestradores, delincuentes, mafiosos, contrabandistas, narcotraficantes, violadores de derechos humanos, déspotas, autócratas, asesinos y desalmados que no piensan entregar el poder porque para Nicolás, Jorge, Diosdado, Delcy y pare usted de contar, la maldad está impresa en su código genético desde que irrumpieron en la política venezolana.
Llueve... pero escampa

domingo, 12 de marzo de 2017

Delincuentes, malhechores, forajidos y bandidos

Por Miguel Yilales
@yilales
Cuando una revolución de pacotilla se apodera de todos los espacios de poder no se pueden esperar resultados distintos a los que tenemos: un país arruinado, instituciones desvencijadas, un liderazgo decrépito y una sociedad desestructurada. Es que durante años el régimen se ha empeñado y esmerado por demostrar cómo se puede ir contra corriente para, en vez de generar la mayor suma de felicidad, destruir al país y depauperar a los venezolanos.

Por eso es que causa extrañeza que chillen como un camión cargado de cochinos directo al matadero porque desde el Imperio y desde distintos países del continente se ha elevado una unísona voz, con las escasas disidencias que aún reciben su coima, para alertar que este es un régimen delincuente, violador de derechos humanos, irracional y troglodita que nos ha convertido en un Narcoestado y, peor aún, en un Estado fallido.
De seguida sueltan a las salvajes falanges rojas a que vociferen e insulten a los críticos. Por una parte sale la roja canciller, que en materia diplomática es la más ignorante que nación alguna haya tenido, a pretender dar lecciones sobre las relaciones internacionales y por la otra prorrumpe enardecido el sustituto del estratega que convirtió un museo en escondrijo, no podía ser de otra forma, a exigir respeto a la dignidad, probidad y honorabilidad del proceso chavista aunque todos sepamos que no hay comedimiento, decencia, pundonor, respetabilidad, pudor ni decoro en esta revolución.
Ornitorrinco no es pato
Cuando alguien argumenta que estamos en presencia de un régimen forajido y Nicolás Maduro se encoleriza, habría que preguntarle: ¿Cuántos presidentes, primeros ministros, emperadores, monarcas, reyes o reyezuelos tienen presos a sus sobrinos por conspirar para introducir droga en otro país? ¿Cuántos aeropuertos en el mundo (de uso exclusivo del gobierno y custodiado por militares incondicionales) son usados para exportar drogas como si fuese un negocio lícito? ¿Cuántos mandatarios designan a su propio hijo para que le siga la pista (o les eche tierrita) a los chanchullos de su administración (y de la anterior) con Odebrecht? ¿Cuántos verdaderos demócratas persiguen y criminalizan a la disidencia política para amedrentarla, minimizarla y exterminarla porque es la forma de aferrarse al poder?
Como sí esas dudas no fuesen suficientes habría que consultarle a algún experto en materia política ¿Cómo se llama el sistema que permite que sus gobernados estén a merced de unos delincuentes armados por el mismo gobierno? ¿Cómo se denomina a un sistema en el que los gobernantes parecen neveras de dos puertas, en el que los famélicos gobernados saben que comer es un lujo reservado a la pústula en el poder, en el que dejan fallecer a los niños de inanición y donde la gente se ve obligada a hurgar en la basura para alimentarse? ¿Cómo se designa a un régimen que improvisó medidas sanitarias que terminaron por resucitar las enfermedades endémicas erradicadas en el mundo y que no previó medicamentos que pudieran curar a los desamparados?
Se dice que si tiene cola de pato, pico de pato y camina como pato a nadie se le ocurriría decir que es un ornitorrinco a pesar de que sea ovíparo, de sus palmíferas patas y de su pico de pato.
De cachilapos a capitostes
Sí el vicepresidente de un hipotético país suramericano, caribeño, antiimperialista, revolucionario y socialista es acusado de tener nexos con grupos terroristas que ensangrientan al Oriente Medio entonces no debieran sonrojarse y sí en ese mismo país el presidente del máximo órgano de justicia tiene prontuario criminal en lugar de currículo académico entonces no debieran ruborizarse.
Además sí los padres, hijos, sobrinos y nietos, amigos y allegados, edecanes y testaferros de un muerto viviente ostentan un estilo de vida que empalidece a los ricos y famosos de las listas de Forbes entonces no debieran molestarse; sí los presos de las cárceles usurpan la identidad de un banco y luego la policía política los encubre transmutándolos en pizzeros entonces no debieran incomodarse y sí los pranes de las penitenciarías hacen turismo mientras los ciudadanos acatan un toque de queda autoimpuesto entonces no debieran sofocarse.
Son unos delincuentes, malhechores, forajidos y bandidos que se birlaron un billón de dólares, que los convirtió de cachilapos a capitostes multimillonarios, y no deben impactarse por esta verdad catedralicia.

Llueve… pero escampa

sábado, 17 de septiembre de 2016

Medias verdades, son puras mentiras

Por Miguel Yilales
@yilales
Los niveles de confianza entre los venezolanos (eso incluye a los que se han ido) han sido dinamitadas como consecuencia de haber estado cobijados bajo el imperio de la mentira, el engaño y la falsedad, única forma de actuar de quienes han dirigido los destinos del país por 18 años.
Mentirosos con poder son poderosos con mentiras
Cuando se instauraron en el poder afirmaron que eran demócratas y ya sabemos que no lo son; abjuraron del comunismo y del socialismo y a nadie le queda duda que se acogieron bajo las alas de los más perversos dinosaurios de la izquierda latinoamericana y mundial; aseveraron que no expropiarían y defenderían la propiedad privada pero apuntaron sus baterías para robar al exitoso, destruir el aparato productivo y arruinar a la empresa privada; ratificaron, una y otra vez, que acabarían con la pobreza, con los niños de la calle, con la miseria y hoy hay más pobres, la gente se alimenta luego de hurgar en la basura y los niños suplican en las carnicerías por pellejos para saciar el hambre y son los mismos que decían construir un país potencia que ahora solo tiene capacidad para exportar las desventuras de los expatriados.
Los que instituirían una democracia participativa y protagónica nos convirtieron en un Estado fallido, sin instituciones, sin equilibrio de poder y sin las condiciones mínimas para interactuar en el marco internacional, a menos que sea entre los sátrapas, tiranos y dictadores que todavía pululan en el orbe.
Arruinados y destruidos
Barricas de güisqui
En cualquier país del mundo al transcurrir 18 años una persona alcanza la mayoría de edad, se emancipa y se supone que abandona la educación básica para iniciarse en la universitaria, es también el período que necesitan permanecer, ciertos destilados de malta escoceses, en barricas de robles para ofrecerlos a los paladares más exigentes y es la etapa máxima que alcanzan a vivir algunas mascotas (perros y gatos) lo cual es una largo devenir en la vida animal (y en la vida política). En ese transcurso los delincuentes de cuello rojo se repartieron un botín llamado Venezuela.
Al momento que el cadáver insepulto llegó al poder aún no existían las redes sociales: Twitter, Facebook, Instagram, LinkedIn eran ideas que no veían la luz. La comunicación instantánea y las video llamadas cuentos de películas y series de ficción. Por eso resultó más fácil, con la complicidad de algunos medios de comunicación, ofrecer la destrucción del país porque resurgiría esplendoroso como el Ave Fénix.
En ese autobús se montaron todos los resentidos y rencorosos que buscaban venganza, mientras se enriquecían con facilidad: unos hermanos que renegaban por el asesinato de su padre, un confeso secuestrador, delatado por sus propios camaradas; unos uniformados que necesitaban asirse a la liana que los ascendieran de las catacumbas en que se encontraban por merito propio; unos encapuchados, mediocres, mal hablados, ignorantes, reposeros y sin vergüenzas que siempre necesitaron de muletas ideológicas para medio ser o medio existir. Toda una pestilencia sin cura en que la mentira y la manipulación ha sido su esencia.
El ascenso de la mediocridad
Ellos se engañan a sí mismo y a todos los demás: el heredero con doble nacionalidad (siempre negada) cree que aparenta algo de sapiencia cuando habla aunque todos sepamos que es la suma exponencial de la ordinariez, la incultura y la chabacanería, mientras que el capitán cavernícola se la pasa en mítines, reuniones y templetes pero niega, a diestra y siniestra (aunque su naturaleza solo es siniestra), estar en plena campaña preelectoral.
Por eso es que indigna que desde la acera de enfrente se usen los mismos modos, desespera que el encargado de las relaciones internacionales de la MUD, luego que hizo turismo para denunciar el talante antidemocrático del régimen, despotrique del MERCOSUR porque exigen cumplir con las normas de adhesión, con lo cual no sabe si mintió antes o lo hace ahora, y exaspera que los supuestos líderes omitan decir que sí no se recogen las firmas antes del 12 de octubre no dan los lapsos máximos (menos sino se presiona con calle a un CNE en los límites) para que el revocatorio sea antes del 10 de enero.
Los venezolanos no estamos para medias tintas o mentiras blancas, por ello se le exige a quienes dirigen que actúen con la entereza que la crisis amerita y no cuando quedan en cueros con unas medias verdades que a final de cuentas, como dicen Los Amigos Invisibles, son puras mentiras.
Llueve… pero escampa

domingo, 24 de julio de 2016

El olvido y el desprecio que merecen

Por Miguel Yilales
@yilales
En estos días me topé con que hay personas que se han dedicado a clasificar a los nazis desde diversos aspectos: que sí los más sanguinarios, que sí los famosos que más los admiraron, que sí los más malvados, que sí los más sexis y una infinidad de categorías que lejos de denotar la importancia que para el mundo tuvo este cruento episodio, muestran cierto morbo, que raya en lo fútil, con que algunos tratan esa tragedia.
Esto me hizo reflexionar sobre la nuestra, la cercana, la de aquí, esa que hemos padecido por casi 18 años y que pareciera no tener fin, y que por momentos hay quienes la han banalizado como un mal chiste, un simple error histórico o un error de la naturaleza (de quién la engendró y de quién la ejecutó) cuando en realidad se asemeja a las peores tragedias de la humanidad.
Una revolución que se rodeó con personajes siniestros (no solo por zurdos, sino por lo diestro en la maldad) que bien pudieran ser comparados con las peores escorias de la historia nazi. La mentira, la manipulación y el cinismo que mostraba Josef Mengele es comparable a la de un par de hermanos resentidos; están los émulos de Goebbles que han tratado de vendernos, a través de esos bodrios que transmiten voluntariamente obligados los medios de comunicación, de que el estercolero en que Chávez y su pandilla volvieron al país es una pujante potencia económica, social, cultural y deportiva y las rémoras de uniformes, que adosadas a la revolución, viven entre lujos, excesos y francachelas como lo hicieron Eichmann, Himmler o Göering.
Mujeres y niños de último
Este significante error histórico, que en el pasado tiró al desagüe de la historia cientos de miles de millones de dólares solo para preservar la figura de un megalómano que deseaba ser inmortalizado como un líder mundial pero que, más temprano que tarde, será rememorado como una aberración que fue capaz de despilfarrar a manos llenas, actuar de forma clientelar y quebrar al país exportador petrolero con mayores expectativas de progreso, hoy nos asemeja al Titanic luego de impactar con el iceberg: sin rumbo, sin timón, con vías de agua, hundiéndose y con insuficientes balsas para que nos salvemos todos.
Aquí lo de niños y mujeres primero es cuento de camino. El que se encuentra aposentado en Miraflores, asediado como está por la impopularidad y el descrédito generalizado, recurrió al maltrecho salvavidas que le quedaba (luego de no encontrar resultados con un supuesto diálogo sin agenda): irse de reposo y designar a un suplente que haga sus labores (una vieja práctica de cuando estaba en la nómina de El Metro y cobraba sin trabajar). Es que un padrino que aguante el coroto es mejor que aferrarse a cualquier cabello (no me refiero a retorcido personaje alguno) o o depender de un desconocido compadre (trato que se daban en el ejército antes de mutar en camaradas).
A él le tiene sin cuidado que la inflación haya destrozado el sueldo de los trabajadores, que la violencia enlute a cientos de miles de familias venezolanas, que haya un éxodo de connacionales en búsqueda del futuro que les niega su propio país, que haya personas hurgando en la basura para encontrar sobras que llevarse a la boca o que, ante un sistema de salud destruido, mujeres, hombres y niños recurran a los ramalazos en busca de salud y bienestar.
Entre Bolívar y Zamora
Maduro cree que sí los militares siembran en las unidades castrenses se abastecerán los anaqueles, que sí ellos distribuyen los alimentos estos no terminaran en los aquelarres con los que ha invadido el “nuevoriquismo” las urbanizaciones caraqueñas y que al reeditar el Plan Bolívar 2000, inicio de las trapisondas revolucionarias (más consecuente con la devaluada realidad del país lo llamarán Zamora 200), logrará poner en marcha los fundidos motores con los que pretendió hacer funcionar a este destrozado país.
Quienes estamos empeñados en salir de estos esperpentos revolucionarios debemos saber que no son una mezcolanza entre Franciscanos, Agustinos, Dominicos y Carmelitas dispuestos a anteponer el bien común por sobre sus intereses particulares sino que son unos demontres a los que les importa las fortunas que han entrado en sus cuentas personales y que solo podrán seguir amasando mientras estén en el poder. Hay que confrontarlos, enfrentarlos y derrotarlos para que ocupen el ignominioso lugar que les toca a todos los destructores de la humanidad: el olvido y el desprecio.
Llueve… pero escampa

sábado, 25 de junio de 2016

Trompabulario de portero de burdel

Por Miguel Yilales
@yilales
No pretendo referirme al cuento de autoayuda del escritor argentino Jorge Bucay, ni descifrar si la historia relata o no a la vida del empresario brasileño Valentín Tramontina y de seguro habrá quien piense que el tema es recurrente y repetitivo, pero no tengo la culpa de que, en estos 17 años, hayan prostituido la República y sus instituciones.
Trabajar de cancerbero en un prostíbulo puede o no ser gratificante dependiendo con el cristal con que se mire. Lo que sí es cierto que para ese desempeño se debe tener carácter, estar mal encarado, tratar con clientes inoportunos y lidiar con borrachos impertinentes. De ahí que deben usar un lenguaje cónsono con ese trabajo.
En Venezuela se dice que hay personas que en lugar de boca tienen trompa y que en vez de vocabulario tienen trompabulario. Lo peor es que de un tiempo para acá hay quienes creen que lo popular va de la mano con lo ordinario y lo vulgar. Manuel Caballero decía, al referirse a la forma escatológica en que se expresaba el difunto e insepulto comandante, que su léxico era propio de un “portero de burdel”.
Es esa forma grotesca, vulgar y obscena como hablan y escriben los que profesan el culto al Socialismo del Siglo XXI (a veces contagia a los que la adversan), que forma parte del dogma de fe revolucionario y una prueba de adhesión al proceso sedicioso que lideraron los rojos seudópodos que destruyeron a Venezuela.
Muerte a la sabiduría
Durante casi 5 lustros, desde que insurgieron contra el orden constitucional en el país, esta caterva se ha dedicado a deformar la memoria histórica, a destruir las instituciones, a implosionar al país y a asesinar la sabiduría, el mérito, las buenas costumbres y las normas de convivencia ciudadana.
En el siglo pasado nos gobernaron, por más de 70 años, los andinos (que no son ignorantes, ni incultos); 15 años lo hicieron llaneros; 2 caraqueños mandaron por 3 años; un guayanés y un oriental lo hicieron por 5 años y un mirandino ejerció el poder por 8 años; algunos no terminaron la educación universitaria y otros apenas culminaron el bachillerato, en cambio hubo quienes egresaron de las universidades como médicos, abogados, periodistas o surgieron de las filas militares, y en todo ese tiempo a ninguno se le ocurrió usar un lenguaje impropio a las funciones que les correspondió ejercer.
Quienes tuvimos el privilegio de escuchar los discursos que surgían del extinto Congreso Nacional o las alocuciones presidenciales de la época, se estuviese de acuerdo o no con las disertaciones, podemos decir que desde las distintas tribunas surgieron dignas piezas de oratoria que resaltaban por lo adecuado, profundo y perspicaz, muy diferentes a las monsergas revolucionarias que destacan por su vacuidad, zoncería y mojigatería.
Además con la llegada al poder de la peste roja se instituyó la indecencia como norma de etiqueta; se cambió el Manual de Carreño por la ordinariez y la vulgaridad del expulsado carroñero de Carreño y se instituyó la chancleta, la lycra y la pantaleta de caqui con faralao de alambre de púas como indumentaria revolucionaria.
Resentidos y ordinarios
Por eso es que quien dirige las relaciones exteriores venezolanas es la burla generalizada en todo el continente. Ella desconoce las más elementales normas diplomáticas y por su “sutil” forma de expresarse sería más adecuado que trabajase en un bar de carreteras donde sí sería lógico que berree, vocifere, rezongue, desentone y lance puñales con liguitas.
Pero el más claro ejemplo de la ordinariez y la vulgaridad lo encarna el que regenta el Palacio de Misia Jacinta. Desde ahí insulta a todo el que no piense como él (así sea un oxímoron), hace burlas de doble sentido que traspasan el límite de la decencia, instituye la procacidad como carta de presentación política y su patrón de conducta raya en lo escatológico.
Por eso es que quienes aspiramos el cambio del país debemos alejarnos de esa manera de hacer las cosas. No es suficiente solo luchar porque vuelva la cordura institucional, tenemos que bregar para que las normas de comportamiento regresen a nuestras maneras y lidiar para que las buenas costumbres, la urbanidad y la escrupulosidad sean el ejemplo a seguir; que la informalidad este presente cuando sea necesaria y la formalidad cuando sea ineludible e inexcusable, mientras tanto en la casa de citas, en que han convertido al país, seguirá oyéndose el trompabulario del portero de burdel.
Llueve… pero escampa