martes, 25 de marzo de 2014

Diálogo con fusiles es monólogo

Miguel Yilales
@yilales
Hace mucho tiempo, una de las primeras lecciones que se aprendían en la escuela era la convivencia. Para ello las maestras colocaban en las carteleras de los salones unas pautas que se debían cumplir para poder entenderse, eran las normas del buen oyente y del buen hablante.
Esas eran condición sine qua non para los debates en el aula, para las conversaciones en la casa, para el parloteo diario.
Se enseñaba en la escuela, pero los primeros pasos en ese sentido venían del hogar. A nadie se le ocurría interrumpir a sus padres para intervenir en una conversación de adultos, menos usar lenguaje destemplado o hacerlo con gritos estentóreos para imponer una idea.
Claro uno podría entender que quienes han dirigido los destinos del país en los últimos 15 años, no se ajustasen a la norma por varias razones. El primero porque era muy dado al trato cuartelario del “yo ordeno, tu obedeces” y el segundo porque no haya tenido educación formal (revelado por él mismo) o porque le haya faltado educación de hogar, por esa corredera de aquí para allá en esos huracanes conspirativos (confesión hecha sin necesidad de tortura).

¿Conciliar de rodillas?

Durante 12 años en el poder Joseph Goebbels, una especie de Andrés Izarra (por lo manipulador nunca por la capacidad intelectual del germano), se dedicó a montar matrices de opinión donde había que exterminar a todo el que no pensara como ellos;
Hermann Göring junto a Heinrich Himmler y Ernst Römh quienes comandaban las fuerzas militares y los colectivos armados y violentos alemanes, lo que en nuestros días pudiesen ser Miguel Rodríguez Torres, Diosdado Cabello o Vladimir Padrino por solo nombrar a algunos, se consagraron por vejar, violar, mutilar y asesinar a quienes tuviesen ideas distintas a las del III Reich;
Rudolph Hess, Reinhard Heydrich o Franz von Papen siempre negaron la existencia de librepensadores, comunistas, judíos, masones, mestizos, gitanos, homosexuales, Pentecostales, negros, Testigos de Jehová, discapacitados y enemigos de guerra, y denigraban de ellos con epítetos que pudieran equiparase hoy a escuálidos, pitiyanquis, chukys, sifrinos, fascistas, hijitos de papi y mami.
A nadie en su sano juicio se le ocurrió proponer a ninguno de los herederos de Hitler, para que conciliara al pueblo teutón, primero porque tenían responsabilidad y segundo por carecer de autoridad moral, pero hagamos un ejercicio:
Imaginemos por un momento, que la mayoría de los personajes que mencioné en los párrafos precedentes no hubiesen sido enjuiciados luego de la derrota Alemana;
Supongamos que Hitler antes del suicidio, bien por su mano o por ponerse en manos de los médicos que le suministraron el cianuro (algo así como someterse a un tratamiento médico con galenos caribeños) hubiese designado a su heredero para que llevase las riendas del Reich;
Conjeturemos que el hijo del líder supremo y eterno, para reconciliar, comenzase a gritar: “Hitler vive, la lucha sigue”; “los invito al diálogo de paz pero el que no asista es un traidor”; “el III Reich es un gobierno de amor, los que quieran paz que se monten en el tren que conduzco, sino que sigan a los campos de concentración”.

Hablas a juro o te obligo a hablar

Que cualquiera de estos personajes desalmados llamase al diálogo pero continuase insultando y vejando, asesinando y reprimiendo, negando los derechos constitucionales, sería cosa de locos. Hubiese sido como cruel con las víctimas, hubiese sido cínico con los torturados, hubiese sido como que los nazis ganasen, aun perdiendo.
La conciliación se puede dar en medio del fragor del conflicto, si hay propósito de enmienda de quien detenta el poder, porque en medio de un ambiente de impunidad, es imposible hablar de paz.
Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, luego de los desmanes del líder supremo y de sus camaradas, incluidos los colectivos de la época, las SS y las SA, se requería el dialogo, pero fue un líder opositor al nazismo, execrado y encarcelado varias veces durante el nacionalsocialismo alemán, Konrad Adenahuer, a quien le tocó asumir las riendas de la Alemania dividida y derrotada, para tender puentes y reconstruir la sociedad.
El problema no es aceptar que se quiere platicar por la paz, pero hacerlo sin reglas, sin agenda, sin normas del buen oyente y del buen hablante sería un diálogo de guerra y más que un diálogo sería un monólogo de paz, que solo se lo cree el ungido por el que ya no está.

Llueve… pero escampa

martes, 18 de marzo de 2014

El libertadorcito de Altamira

Miguel Yilales
@yilales
Cuando uno empieza a jurungar, decía mi abuela, siempre encuentra lo que no se le ha perdido. Así nos pasa al revisar las páginas de nuestra historia.
Si cualquier habitante de la aldea global que somos hoy en día, le diera por saber quien fue el Libertador, bastaría con poner su nombre en los buscadores y aparecerían más de 2 millones de páginas con datos sobre él: que participó en 472 batallas, que sufrió más de 25 intentos de asesinatos (reales, no inventos de un servicio de inteligencia a su servicio), que liberó de España lo que hoy constituyen 6 naciones y que dictó más de 90 proclamas y 2600 cartas.
En un país en el que el culto a Bolívar raya en lo mágico – religioso y en el que al pensamiento del Padre de la Patria se le han atribuido desde nociones ambientalistas, pasando por geopolítica, futurología, doctrina militar, geoestratégica o conservacionista, tratar de compararlo con alguien debiera ser un sacrilegio, excepción de unos cuantos aduladores que lo emulan con el titán subyugado del Museo Militar.
Tratar de compararlo con militares de segunda, con hojas de servicio mediocres, sin hazañas importantes u obras escritas, más allá de un anecdotario recopilado por unos cagatintas cubanos y con una batalla dirigida desde donde se rindió y que, a manera de recordatorio, descansan sus restos mortales, no suena como muy sensato.

Para superar a papá

Pero su hijo putativo tenía que superarlo. Es así como en 11 meses de gestión, si es que se puede llamar así, ha denunciado 12 intentos de magnicidio, descollando en promedio a las 64 denuncias hechas por su antecesor en 14 años. Pero eso no era suficiente.
Debía actuar con firmeza y ejecutar maniobras que demostraran quien gobernaba el país, aunque fuese como procónsul de los hermanos Castro.
En primera instancia jugó a terminar de destruir a los empresarios, para enfrentar una guerra económica que solo existe en su mente y en el guión que le mandó su jefe desde La Habana, por eso ordenó el saqueo de los comercios, la venta a precio de costo sin importar la reposición de mercancía y, por ende, el cierre técnico de los establecimientos.
Después del éxito de esa maniobra, descubrió un golpe en ejecución que estaban fraguando unos estudiantes desarmados. Luego que la mitad minoría (Maduro dixit) marchase por el centro de Caracas, ordenó la instalación de un muro, no como el de Berlín, sino con tanquetas, guardias y policías nacionales, porque en la pequeña Caracas, si entendemos que la Gran Caracas incluye otros municipios, se había hecho ley el lema de “No pasarán”.
Para colmo esos jóvenes estudiantes, que lo envidian porque sin estudios heredó la presidencia, decidieron no hacerle caso y declararse en desobediencia, para posteriormente iniciar la madre de todas las batallas.

Piedras contra plomo

En medio de ese panorama, el comandante en jefe de la fuerza armada (en minúsculas), amenazó a los fascistas, golpistas y pitiyanquis que armados con piedras y hondas, cual David frente a Goliat, habían mantenido a raya por más de un mes a un todo un contingente militar armado hasta los dientes, que de no rendirse en unas horas, personalmente comandaría la batalla y los derrotaría.
No puedo sino imaginarlo, luego del cambio de pañales matutino, digo por eso de que dormita como un párvulo, ataviado con su casaca militar cubana, dirigiendo las operaciones para la toma de la Plaza Francia, como si de La Bastilla se tratase, pareciéndosele olvidar que todos los que participaron en esa toma después murieron en el cadalso.
En seguida del fragor de la batalla, en los que desplegó el equivalente a 2 batallones de infantería (1200 militares sin incluir paramilitares), declaró a Altamira territorio liberado y de paz con rimbómbate entrega, por parte de los ministros, al alcalde de la zona.
Con esto superaba con creces a su antecesor, ya que había derrotado a las huestes enemigas, no se había rendido para que no lo acusaran de capón, había cumplido su palabra empeñada y todo ello sin ser militar, sino un presidente obrero.
Lo malo fue que cuando se dirigía a su entrada triunfante en la plaza, el pueblo agolpado no lo esperaba para recibirlo con vítores y rosas como hacían con el Libertador, lo que originó que desistiese de gozar de las mieles del triunfo y dejar para otro momento su nombramiento como libertadorcito de Altamira. La del Libertador lleva más de 190 años, la del libertadorcito solo duró 14 horas.

Llueve… pero escampa

martes, 11 de marzo de 2014

Ahí vienen los gochos

Miguel Yilales
@yilales
En estos días se empezó a correr el rumor que un grupo de venezolanos del occidente del país estaban irremediablemente dispuestos a agarrar sus bártulos y dirigirse a la capital de la República a derrocar al presidente, quien llegó al poder mediante unas elecciones amañadas, con sobrado ventajismo y empleando a las fuerzas militares y milicias para amedrentar a los electores.
Este pudiese ser la narrativa de los tiempos que corren en Venezuela, pero el relato corresponde, con cierta libertad de quien esto escribe, a los acontecimientos de 1899, cuando la Revolución Liberal Restauradora pasó por el Táchira, con andinos en sus filas, dispuestos a acabar con las injusticias impuestas por un gobierno centralista que en detrimento de las regiones, había impuesto Joaquín Crespo y su títere Ignacio Andrade.
Cuando Cipriano Castro decidió invadir Venezuela, para hacerse del poder, se rodeó de 60 andinos y se dirigió a Caracas, para restituir la Constitución Nacional, la cual estaba siendo violada por quien ejercía el poder.
Antes de decidirse a ir a Caracas, Castro mantuvo sitiada San Cristóbal durante casi un mes. Su periplo lo llevó a recorrer los estados andinos e infringirles derrotas tras derrotas a los ejércitos locales, que en cada estado obedecía al gobernador y este al gobierno central. Algunos dicen que el tesón y conocimiento de la zona fue lo que generó éxitos, pero nadie explica como ganaron adeptos en los llanos y en el centro, hasta lograr la capitulación del régimen a los 5 meses de iniciada la expedición.

Arorró mi niño

Ahora uno puede entender porque en las esferas del poder la preocupación que puede haber por esa proclama que desde la “Ciudad de la Cordialidad” han lanzado, para señalar que de no haber rectificación del régimen que dirige el procónsul de los Castro (los de Cuba), ellos se trasladarían al centro del país.
Es como para poner a más de uno a dormir como un bebe, no por la placidez con la que los infantes pasan la mayor parte del tiempo, sino por el descontrol en los esfínteres que hacen que haya que cambiarles los pañales después de cada ingesta alimentaria.
Y no es para menos, porque cuando los andinos llegaron al poder, se quedaron por más de medio siglo con las riendas del poder. Por la casa de Misia Jacinta, el Palacio de Miraflores, pasaron no solo Castro, sino que estuvo Juan Vicente Gómez durante 27 años, además López Contreras, Medina Angarita y Pérez Jiménez otros 20 años.
Los patiquines caraqueños de la época pensaron que los andinos eran flojos, inferiores y de escaso nivel intelectual, por eso les acuñaron el término despectivo de “gocho” relacionado con la voz con que se denominan a los cerdos coloquialmente desde 1734 según Real Academia Española de la Lengua. Lo que no se imaginaron que esos gochos eran disciplinados, trabajadores y comprometidos con una causa.
El apelativo ha tenido un significado polémico en prácticamente todo el territorio nacional. Para algunos una muestra de cariño y para otros un insulto.

Aurinegros para Venezuela

Luego de los acontecimientos de las últimas semanas, cansados de los abusos del poder, sometidos a racionamiento de combustible para eliminar un contrabando de extracción que tiene sus orígenes en quienes son llamados a evitarlo y no en el ciudadano de a pie, afectados por el paramilitarismo que se ha instaurado en la zona en conchupancia con los grupos subversivos colombianos y la venia de las autoridades que han gobernado el país por los últimos 15 años, decidieron alzar su voz y actuar.
Inmediatamente empezaron a aparecer lemas como “engochate”, “despierta el gocho que hay en ti”, “todos queremos ser G8’s” a lo largo y ancho del territorio nacional.
No es un sentimiento despectivo. Es de orgullo por saber que hay venezolanos que les importa el país, que tienen dignidad, que están dispuestos a sacrificarse para evitar que la arbitrariedad, el abuso, la ignominia, la represión y la tortura se instauren en el país.
Ante un régimen que pretende la humillación de los ciudadanos, que cierra las vías institucionales y cercena la constitución, la protesta cívica es lo que le queda al pueblo para hacerse respetar.
Si quienes hoy están en el poder conocen la historia como dicen que la conocen, y les anuncian que ahí vienen los gochos, que somos todos, debieran estar preocupados, porque la intención es “luchar hasta vencer”. A los Andrade del siglo XXI lo que les queda es arrancar, porque pescuezo no retoña.

Llueve… pero escampa

martes, 4 de marzo de 2014

Bruto se te cayó la máscara

Miguel Yilales
@yilales
Las máscaras se han utilizado desde la antigüedad con propósitos ceremoniales y prácticos. Sus orígenes se remontan a la más lejana antigüedad. Los griegos las empleaban en las fiestas dionisiacas y los romanos durante las lupercales y las saturnales. De ahí son llevadas a las representaciones escénicas y a los carnavales modernos.
Los griegos muy dados a las representaciones y a la actuación en sus teatros encontraron en las máscaras la vía ideal para que los actores interpretaran sus personajes, es decir aparentaran lo que no son, porque a fin de cuentas una actuación es una simulación.
Mucho tiempo después las máscaras han quedado para ser usadas en las fiestas al Rey Momo, en los carnavales y en algunas representaciones de fiestas religiosas como los Diablos Danzantes de Venezuela o de celebraciones que no pertenecen a nuestra cultura como Halloween, pero que pareciera que (por las fotos publicadas por las infantas bolivarianas) pueda ser incluida en nuestro calendario de festividades, en especial porque este régimen se ha dado a preservar cuanto día libre exista, por los altos niveles de bonanza económica y productividad que muestra el país.
Por ejemplo nuestros Diablos, los danzantes y no a los que ejercen el gobierno, que con su atuendo rojo (no confundir) y sus máscaras coloridas con prolongaciones óseas llamadas cachos o cuernos, son una representación simbólica de la lucha del bien contra el mal.

Para ocultar lo que no se es

Lo que sí es cierto que se usen las máscaras para rituales sociales o religiosos, estas sirven para ocultar o mimetizar lo que no se es. Es que hay quienes creen que al usarla el portador tomará las cualidades de la representación de esa máscara; es decir, una máscara de demócrata inducirá al portador a convertirse o actuar como demócrata.
Durante el siglo XX los teóricos políticos se empeñaron en definir y clasificar a los regímenes dictatoriales, porque no era lo mismo hablar de la dictadura romana que de las dictaduras de los líderes supremos y eternos de esa época Hitler, Mussolini o Franco o los de esta época más reciente.
Giovanni Sartori, un conocido teórico sobre la democracia, distinguía entre: dictadura simple, dictadura autoritaria y dictadura totalitaria, pero agregaba que en todos los casos el Estado empleaba métodos coercitivos para lograr sus objetivos.
Por supuesto muchos años después los regímenes debieron inventar mecanismos que les permitiesen justificarse, ante la comunidad internacional, no porque le importara sino porque nadie quiere ingresar al libro de la historia como cobarde, de esos que se rinden al fragor del combate, o como dictador, de esos que abusaron del poder.
Así se estructuró un manual a lo Fürher, en el que debían llegar al poder mediante el voto popular, adecuar la constitución pero gobernar al margen de ella, legislar mediante habilitaciones legales pero espurias del Parlamento, eliminar o mandar al exilio a los opositores y legitimarse mediante elecciones fraudulentas, amañadas y manipuladas, para ponerse su careta democrática, como ocurrió en la Alemania nazi.

El Fantasma de la Ópera y Bruto

Así fue como el líder supremo y eterno, que falleció hace un año, se mantuvo en el poder, siempre en el filo de la democracia, en una especie de borderline político, entre guardar las formas y violentarlas, por ese ego que tantas decisiones hace asumir a los megalómanos deseosos de reconocimiento como líderes interplanetarios.
Ni con todos los dólares gastados en lobby por el cuerpo diplomático, ni con la grosera manipulación del suministro de petróleo, ni con las giras del tira piedra mayor que funge de ministro, han podido evitar que el mundo volteara a ver nuestra realidad.
Como aquel personaje que deambulaba por los laberintos subterráneos de la Ópera Garnier, que trataba de ocultar su deforme rostro bajo una máscara, pero que no puede evitar que al final se descubra su verdadera naturaleza, así ha ocurrido con quien detenta el poder en Venezuela, el orbe vio al personaje mostrar su semblante amorfo que desprecia los derechos humanos, cuando se le cayó la máscara de demócrata y se expuso como lo que es: un dictadorzuelo tropical.
El país siente lo mismo que Julio César cuando es asesinado y descubre que entre sus asesinos esta Bruto. Sus palabras finales, según William Shakespeare, fueron a Bruto por traicionarlo. Nosotros somos la República y a Bruto, el traidor, se le cayó la máscara.

Llueve… pero escampa

martes, 25 de febrero de 2014

Aquí nadie para bolas

Miguel Yilales
@yilales
Hace muchos años, casi doscientos, un caraqueño, que en ese momento era un mozalbete de 30 años, decía que no había peor miseria que ser jefe para no serlo.
Años más tarde cuando los andinos llegaron al poder y gobernaron desde 1899 hasta 1958, con apenas un receso en el Trienio Adeco y el efímero gobierno de Rómulo Gallegos, trajeron también sus costumbres y dichos al lenguaje.
Es así como en el decidero popular se decía que "jefe era jefe manque tuviese cochochos", con lo cual se referían a que el dictador de turno así tuviese en la cabeza ese fastidioso insecto hemíptero, anopluro, con milímetros de largo y boca con tubo a manera de trompa para chupar sangre conocido como piojo, era el jefe porque se le hacía caso.
Todo eso fue valido hasta que se ejecutaron los Juicios de Núremberg. Los militares, dirigentes, funcionarios y colaboradores del régimen nacional socialista de la época, que coincidencia que esas dos vocablos estén presentes en el tinglado revolucionario, chavista y antiimperialista que nos gobierna, trataron de escudarse en el cumplimiento de órdenes, pero a pesar de eso se determinaron sus responsabilidades y fueron sentenciados por atentar contra la humanidad para satisfacer las ambiciones políticas del líder supremo y eterno, Hitler.

Tanto en el béisbol como en la política

Para hacerse obedecer hay que tener tesitura moral, principios y valores, capacidad para convencer y dirigir; otros infunden miedo y los menos ordenan y nadie les acata. Y es aquí donde estamos los venezolanos, con un régimen que ordena la paz, la felicidad, el abastecimiento, el amor, las celebraciones, pero que ni ellos las cumplen.
En el lenguaje beisbolero hay posiciones que son especialmente difíciles. Hablamos de la esquina caliente para referirnos a la tercera base, posición que le corresponde atrapar rollings contundentes, el campocorto y el segunda base que tienen que cubrir mucho terreno detener rodados difíciles y lanzar con precisión a primera base y el primera base que debe recibir todos los lanzamientos de sus compañeros con agilidad. Cuando estos jugadores no hacen su trabajo se dice que no le paran una bola a nadie.
En política como en el béisbol, sí los líderes ordenan se espera que el cuadro pare los rodados, es decir, las bolas bateadas. Durante la colonia las órdenes de la corona se acataban, pero no se cumplían, lo cual revelaba lo irreverente que se era ante el despotismo y que no se paraban las bolas venidas del lanzador imperial.
Recientemente el compañero Nicolás Maduro, uso la misma expresión que emplea su camarada presidente Diosdado Cabello (por la Asamblea Nacional y nunca porque mande más que Maduro), reconoció que no le paraban los rollings que bateaba, es decir, no le paraban bolas, en estricto sentido beisbolero.

Es una orden, por favor obedezcan

Durante una de las largas peroratas en cadena de radio y televisión, el comandante subalterno, confesó que ordenó el acuartelamiento del Sebin, pero estos se fueron a la calle a disparar a los manifestantes, con lo que cabría preguntar ¿Quién ordenó se violara el acuartelamiento? ¿Es que acaso ante ese batazo el jefe del Sebin decidió no parar las bolas en su posición?
Luego ordenó que el servicio de transporte masivo Metrobus, dejaría de prestar servicio para el Este caraqueño con lo cual señalaba que los sectores donde vive la oligarquía fascista venezolana, es decir Petare, las Minas de Baruta, Santa Cruz del Este, entre otros, serían castigados, para luego recular ante la posibilidad de que el rolling se le fuese entre las piernas y nadie parase bola.
Asimismo prohibió que el 51,8 % de los caraqueños que lo adversan, según resultados del CNE, no entrarían a Caracas, con lo cual suponemos instalaran un chip, para no usar los triángulos de colores o estrellas de David con que los nazis identificaban a los enemigos, para detectarlos. Ahora ¿Cómo no se entra a donde se vive, se trabaja, se duerme? Otro rodado que nadie le va a parar.
Cuando un gobernante se hace el sordo a los reclamos, propugna arbitrariedades y violaciones a los derechos humanos como única forma para hacerse obedecer, de seguro perderá el juego por sus malas decisiones.
Mientras tanto hay un pueblo que decidió no parar ninguna de las bolas que batea quien detenta el poder, eso es desobedecer sus órdenes por ilegítimas, puede decretar feriados, fiestas carnestolendas o unificar al Rey Momo con el Cristo Rey, tener cochochos o no y aun así hacer que nadie le pare.

Llueve… pero escampa

martes, 18 de febrero de 2014

Ante la represión tenemos la rebelión

Miguel Yilales
@yilales
La represión, venga de donde venga, es opuesta a los conceptos de libertad y tolerancia y cuando la ejerce el poder político, con la pretensión de castigar con violencia el disenso, supone la negación de los derechos civiles y la libertad política.
A lo largo de la historia soviética, millones de personas se convirtieron en víctimas de la represión política de la Unión Soviética, un instrumento de política interna desde los primeros días posteriores a la Revolución de Octubre hasta que el camarada Gorbachov, le dio por desconocer un referendo que abogaba por la continuidad de la confederación y firmó el Tratado de Belovesh que la disolvió.
Igual ocurrió durante el régimen franquista que desde la Guerra Civil Española, aplicó lo que se conoció como el terror blanco, donde reprimir y violar derechos era un solo asunto, esto incluía los ajusticiamientos "legales" en cumplimiento de sentencias dictadas por tribunales militares durante el periodo de la guerra civil; los asesinatos ilegales practicados al margen de las autoridades militares, pero con el pleno conocimiento de que se estaban llevando a cabo; el encarcelamiento y cualquier pena de privación de libertad y las desapariciones forzosas.

La hipocresía de la izquierda

Las protestas estudiantiles siempre han generado apoyos sociales, a menos que se mida con el rasero de la izquierda latinoamericana.
Que unos estudiantes alcen su voz y luchen por el derecho a la educación gratuita en Chile es plausible porque lo hacen contra un régimen explotador fascista de derecha que limita un derecho universal, pero que esos estudiantes alcen su voz, contra el abuso de poder, la delincuencia desbordada, el derecho a la vida, el desabastecimiento y la represión policial y paramilitar, es duramente cuestionada porque esos estudiantes siguen un guión de los gringos para derrocar un gobierno legítimo y esa actitud debe ser cuestionada por fascista y terroristas. Con ello queda demostrado que el fascismo siempre provendrá de la acera contraria a los intereses una izquierda vetusta.
Cuando un régimen político que dice gobernar, no importa si es por mampuesto, le da por contener, refrenar o moderar el comportamiento irreverente de la juventud, y una vez producido, castigarla, aparece el mayor de los peligros para la convivencia social como lo es la represión al futuro de un país.
No importa si el abuso proviene de la derecha o de la izquierda, es funesto para el Estado que lo genera, porque a fin de cuentas termina en la ignominia del olvido al que la sociedad lo relega, llámese soviética, franquista o chavista.
Cuando unos dirigentes de poca monta, así los llamó el propio comandante subalterno, les dio por llamar a la protesta en la calle, la respuesta gubernamental fue abrir la Caja de Pandora de la coacción, la opresión y el castigo.

A Dios rogando, pero…

En esta semana hemos visto asesinatos, muertes selectivas, protestas estudiantiles salvajemente reprimidas, violaciones a la dignidad, canales de televisión censurados por instrucciones expresas del propio Nicolás Maduro a través de Conatel o autocensurados por miedo a las sanciones, con prensa que no imprime porque no tienen papel por falta de divisas. Hemos vivido un Estado que abusa sin guardar las formas.
Abusos a los que no podemos dejar de incluir el uso de bombas lacrimógenas que son armas químicas prohibidas por nuestra carta magna, con manoplas de esas que usaban los gánsteres para doblegar a los rivales, con juicios sumarios cohonestados en la conchupancia, esa especie de liga vituperable de la injusticia, que forman el Ministerio Público, la Defensoría del Pueblo y los Tribunales plegados a los designios de Miraflores, que a su vez obedecen a quien gobierna en lo que Colón describiese como “la tierra más hermosa que ojos humanos hayan visto jamás”.
Si al gobierno no le gustan las protestas, que son un derecho humano y constitucional, tiene vías para actuar, continuar reprimiendo, suspender las garantías o rectificar, ya ha demostrado que no es capaz de corregir, entonces que se quite la careta y asuma lo que de facto es: un régimen, a lo castrista, que odia las libertades.
Mientras tanto, a la sociedad le queda la resistencia, ya Santo Tomás de Aquino lo afirmó en su obra Summa Theologiae, que ante el abuso de los gobernantes, a los gobernados les queda el derecho a la rebelión, para evitar que continúe el abuso, la tortura y la represión.

Llueve… pero escampa

martes, 11 de febrero de 2014

Indignados sin dignidad

Miguel Yilales
@yilales
Hace algún tiempo un pueblo fanático, de la mano de su líder supremo y eterno, implementó un mecanismo para garantizar la supervivencia de los más aptos, en una especie de manipulación de la selección natural de Darwin en el área social. Es así como los nazis, no me refería a fanáticos más modernos, implementaron el darwinismo social.
Por esa vía se justificaron todos los programas de exterminio que involucraban la eutanasia involuntaria, la esterilización forzada, la eugenesia y la experimentación humana, todos enmascarados en falsas ideas sobre la dignidad humana.
Platón, Pico della Mirandola y Kant habían planteado que la dignidad se explicaba en buena medida por la autonomía propia del ser humano, pues sólo él que sabe y puede gobernarse a sí mismo, que según un principio racional, lo hace dueño de sus acciones y en consecuencia, libre.
Es por ello que los esclavos no eran personas humanas, sino objetos, al igual que los judíos, gitanos y homosexuales durante el nazismo, grupos que encajarían perfectamente con epítetos como escuálidos, pitiyanquis, traidores a la revolución, apátridas en la época actual. En la historia de la humanidad sobran ejemplos en los que se niega la dignidad humana para justificar los atentados contra ella.

Como ganado al matadero

La vida humana, dependiendo de cómo se viva, y de nuestra manera de relacionarnos con el mundo, puede ser una sucesión de experiencias hermosas, nutritivas y significativas que nos permitan alcanzar plenitud y paz. También es posible, sin embargo, que esas experiencias resulten frustrantes, dolorosas y desalentadoras.
En las últimas semanas y en especial en este inicio de 2014, que se ha mostrado particularmente lento, hemos visto como los venezolanos han empezado a perder esa noción de dignidad.
Las largas e interminables colas frente a abastos, automercados, mercales y supermercados para comprar lo que se pueda conseguir es muestra de ello.
Hay quienes se aventuran a la suerte de hacer la fila, no para buscar algo que necesiten, sino para ver que van a encontrar en los anaqueles medio vacios o vacíos y que según oficialistas optimistas están medio llenos o esperando los productos que se han agotado por la bonanza que se ha incrementado desde que ellos llegaron al poder hace 15 años.
Tan grave está lo de la dignidad, que cuales vacas de un establo, los dueños de los comercios han empezado a herrar a sus clientes, para saber cuales les pertenecen y el orden en que van a entrar al potrero a comprar, con lo cual estos mamíferos celebran contentos porque les ha tocado en suerte un número y una esperanza para llevar comida a su hogar.
A lo largo y ancho del territorio nacional se repiten a diario estas escenas y nadie reclama. La pasividad nos ha arrastrado a creer que es mejor callar que alzar la voz y que mientras cumplamos silenciosamente viviremos, aunque en realidad estemos muertos en vida.

Con el alma enferma

En 1965 Martin Seligman y Steven Maier, explicaron el fenómeno que ocurre cuando una sociedad siente que es imposible el logro, que no hay nada que hacer, ni ahora, ni nunca, que es preferible una resignación forzada y el abandono de la ambición y del sueño y la llamaron “desesperanza aprendida”, una especie de resignación colectiva en el que no se puede hacer nada porque todo está hecho.
En términos generales, esa desesperanza es considerada un pesar, una enfermedad, una maldición limitante. Nietzsche decía que la desesperanza era “la enfermedad del alma moderna”, porque era un estado en el que se veían debilitados o extinguidos, el amor, la confianza, el entusiasmo, la alegría y la fe.
Cuando nos conformamos con frases como “Dios lo ha querido así”, “el destino así lo ha decidido”, “es así y punto” o “para qué esforzarme si no puedo hacer nada para cambiarlo”, estamos frente a la pérdida de motivación, una renuncia a la esperanza por alcanzar sueños y metas y finalmente un abandono a toda movilización para lograr que las cosas cambien.
En la política y en la guerra se usan estrategias para generar la desmoralización y evitar iniciativas contra los abusos de poder. Los regímenes totalitarios, así parezcan democráticos, abusan de ello porque saben que en esa condición se pierde la dignidad y la voluntad.
En estos momentos se requiere que exista una llama que se niegue a resignarse y luche por insuflar vientos de dignidad que se transformen en tempestad, para saber lo que es indignarse.
Llueve… pero escampa