sábado, 8 de agosto de 2015

Con mi fusil al hombro

Miguel Yilales
@yilales
La toma del poder es el norte de quienes se involucran en política, por lo menos así lo plantearon Weber, Duverger, Gramsci y Maquiavelo. Un político puede vender la idea del sentimiento altruista, el deseo de proteger a los otros y que trabaja por los demás pero al final lo único que importará es llegar a gobernar.
Desde los inicios de la humanidad, en las agrupaciones más primitivas, había alguien que ejercía el liderazgo. Este se sustentaba en el uso de la fuerza, que servía para doblegar la voluntad de los demás. El jefe era el jefe hasta que fuese cuestionada su guía, pero no bastaba el cuestionamiento, sino que debía ser derrotado.
Con la llegada de la Revolución Francesa, que eliminó la preeminencia del rey y lo transmutó de divinidad a ser humano, por lo menos en lo electoral (cada ciudadano un voto), se establecieron las dos únicas formas que aun existen para la toma del poder: o se escoge la primitiva forma de la disputa del liderazgo a través de la fuerza o se determina a través de una más actual y civilizada forma como el sufragio.
En la Venezuela actual, seguro estoy, saldrán detractores a este planteamiento, en especial aquellos que piensan que la “primavera de la arepa” llegará convertida en una especie de contrarrevolución que arrase con todo (partidos, instituciones, empresas) y haga surgir un país, cual fénix, de las cenizas.

Camino a la resistencia

El inconveniente con estos neoespartanos, y no me refiero a los nacidos en el estado insular, es que su plan se basa en la posesión y el control de las armas.
En este escenario particular solo hay dos actores con poder de fuego (demostrado): los militares y los delincuentes (llámense círculos, colectivos, guardia territorial o brazo armado de la revolución), a menos que consideren en este lote a quienes estuvieron en la fuerza militar y tienen capacidad para pararse con armas en un balcón, una azotea, una cornisa y hasta en un árbol, una especie de Rambo, con la diferencia que el interpretado por Stallone acabó con la Guardia Nacional norteamericana, al ejército vietnamita, las fuerzas militares soviéticas en Afganistán y a unos mercenarios en Myanmar.
Excluyendo a esos Rambos, con sobrepeso y algo vetustos, lo que queda son los militares activos y el brazo armado civil de la revolución. En caso de que ganen los civiles armados el gran vencedor sería la caterva mafiosa que gobierna y en el caso que sean los militares no triunfaría la sociedad sino los que han gobernado estos 17 años, ya que, para quienes lo olvidan, esa es la misma gente que ha ocupado la presidencia, la vicepresidencia, los ministerios, los viceministerios, el parlamento y cuanta esfera del poder hay. Eso sería como tratar de salir del esposo maltratador reemplazándolo con el cuñado, el suegro o el primo de él.
Hasta ahora, luego de más de 200 años, no se ha diseñado otra forma, ni hay puntos intermedios, ni nada parecido para alcanzar el poder que no sea el uso de la fuerza armada o el uso del voto.

El voto es la vía

Las guerras más cruentas terminan en una dictadura militar del vencedor, que siempre da paso a una legitimación electoral; las desobediencias ciudadanas regresan al orden luego que los militares asumen el control para posteriormente legalizarse por el voto; las insurrecciones militares son controladas por militares, quienes terminan cediendo el poder a quien salga vencedor por el sufragio.
Si los políticos y los pichones de dirigentes no entienden esto, definitivamente no hemos comprendido, ni aprendido nada en esta desgracia republicana que mientan Socialismo del Siglo XXI.
Sabemos que no hay condiciones, que estamos en un sistema no democrático, que el régimen implementará todas las acciones legales o no para torcer la voluntad de los electores pero frente a este escenario lo único que queda es la protesta y la calle que canalicen el descontento, la campaña honesta y sin medias tintas y el ejercicio del sufragio, aunque hubiésemos deseado mejores candidatos de los partidos y una mayor participación de la sociedad opositora no militante en los cuadros partidistas.
Ahora sí alguien tiene una fórmula distinta sería bueno que la hiciera saber, mientras tanto tengo mi rifle, mi escopeta, mi pistola, una engrapadora y hasta los cuchillos de cocina listos para el conflicto, en mi caso esas armas son mi voz, mi derecho a disentir y protestar, mi pasión a seguir la lucha y la posibilidad a escoger lo mejor para el país.

Llueve… pero escampa

2 comentarios:

  1. Es la única vía....saludos.

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  2. Amigo, El voto (como eterno ciudadano que he sido) lo veo como una herramienta para construir un mejor país. Las armas son sinónimo de violencia. vengan de donde vengan

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